Givaldo dos Santos junto a un árbol cargado de toronjas en el pomar de cítricos y otras frutas, que él y su mujer pueden cultivar gracias a la aplicación de tecnologías que les permite tener abundancia de agua para irrigar, pese a que su pequeña finca está en la ecorregión del Semiárido, en el nordeste de Brasil. Crédito: Mario Osava/IPS
Él tiene dos referencias para comparar. Comenzó su vida adulta en Río de Janeiro, en el sureste, donde hizo el servicio militar, se casó y tuvo tres hijos. Luego regresó a su tierra natal, donde no le fue fácil recomenzar su vida en una finca, en el municipio de Esperança, en el nororiental estado de Paraiba, con su nueva esposa, Maria das Graças, a la que todos conocen como Nina y con quien tiene una hija de 15 años.
“Salía a las cuatro de la madrugada a buscar agua. Caminaba 40 minutos con dos latas en los hombros, bajando y subiendo lomas”, recordó Givaldo, de 48 años.
Luego, en el año 2000, Caldeirão, su finca en parte heredada, pudo contar con su “primera agua”, gracias a una cisterna para acopiar agua de lluvia, ya potable.






