sábado, 13 de septiembre de 2014

¿Qué es la agroecología? Por: Miguel Altieri


Miguel Altieri es Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Chile, desde 1980 es Profesor de Agroecología en la Universidad de California, Berkeley. También es colaborador en materias científicas de CLADES, consorcio de ONGs latinoamericanas que desarrolla trabajos de desarrollo campesino con una base agroecológica y desde 1996 es el coordinador general de SANE (Sustainable Agricultural Networking and Extension), programa auspiciado por PNUD para promover la capacitación de enfoques agroecológicos en el mundo en desarrollo. 

Desde 1997 ha servido como Presidente del comité de ONGs del CGIAR (Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional, que agrupa a varios centros de investigación), con la misión de influenciar la agenda de los centros internacionales de investigación agrícola para el beneficio de los agricultores pobres de Asia, África y América Latina. 
Sus contribuciones en control biológico de plagas, agricultura sustentable y últimamente sobre el impacto ecológico de la biotecnología agraria, se encuentran plasmados en más de 200 artículos científicos y 7 libros, entre los cuales "Agroecología: bases científicas para una agricultura sustentable" ha sido editado en 5 idiomas con una circulación mundial de más de 50 mil ejemplares.


¿Qué es la agroecología?

Es una ciencia que plantea un nuevo paradigma científico para el desarrollo de la agricultura. En realidad, rescata lo que es verdaderamente la ciencia, porque la que promueve la agricultura industrial, agroquímica, biotecnológica, es una ciencia cooptada que sirve a los intereses de las transnacionales. La agroecología no sólo se basa en los elementos de la ciencia moderna, sino también en lo que llamamos la etnociencia, o sea, el conocimiento de los propios agricultores. Al inicio de su desarrollo la agroecología ha puesto mucho interés en el trabajo con los campesinos de América Latina porque rescata mucho el conocimiento ancestral de los Andes, de Meso América. Por lo tanto, es una combinación de saberes que resulta en una serie de principios que se transforman en formas tecnológicas que finalmente nacen de lo que nosotros llamamos la investigación participativa. Los agricultores forman parte del proceso de investigación en un pie de igualdad con los universitarios o técnicos especializados. La agroecología implica, entonces, un verdadero cambio del paradigma científico, pero también de la práctica, de la tecnología concreta de trabajo, de la relación con la tierra y con el producto de ella.



¿Cuáles son las diferencias esenciales de esa nueva ciencia con la actualmente hegemónica?

Todos los agricultores milenarios tienen una cosmovisión y han desarrollado un sistema de clasificación y apropiación de la naturaleza. La etnociencia consiste en ése saber generado por los agricultores, no necesariamente milenarios, sino que también proviene de aquellos que han trabajado varias generaciones en el campo. No es necesario entrar en detalles acerca de cómo cada grupo étnico trata a la naturaleza porque habría que lidiar con multitud de cosmovisiones diferentes y de conceptos de etnobotánica. Nosotros tratamos de rescatar los principios según los cuales esas comunidades se han relacionado con la naturaleza. Y vemos que esos principios son en realidad universales.


¿Son técnicas concretas?

No, son principios que generan técnicas.
Por ejemplo...
La diversidad, siempre la diversidad. Jamás el monocultivo. Pero en los Andes será la mixtura de las papas nativas, y en el trópico medio bajo será agroforestación, y en Mesoamérica serán policultivos de maíz con frijol. El principio siempre es el mismo: la diversidad ecológica. Otro principio esencial es la rotación de los cultivos, o dicho de otra forma el reciclaje de los nutrientes con integración de animales. Estos principios toman formas tecnológicas diferentes, pero su esencia es siempre estable. Nosotros rescatamos ese conocimiento como los grandes principios de la agroecología que explican cómo funcionan los sistemas agrícolas, al igual que los sistemas naturales. Si se toma una tundra por un lado, y un sistema tropical húmedo por otro, se verá que los principios de cómo funciona cada uno son exactamente los mismos, lo que pasa es que cada uno toma su propia dinámica: la tundra es mucho menos diversificada que el trópico, pero hay sucesión, hay competencia, hay flujos de energía.
En la agroecología no trabajamos con recetas ni con paquetes tecnológicos sino con estos principios.


¿Por qué es importante la diversidad?



Es esencial. No se trata de diversificar los cultivos porque sí, de cualquier manera, como sembrar lechuga con tomate, por ejemplo. Tratamos de crear combinaciones de cultivos y animales que creen una sinergia, que se potencien en un sistema autorregulado. Pero esas combinaciones tampoco pueden ser caprichos teóricos, sino que deben estar basadas en el conocimiento profundo de las interacciones ecológicas de cada lugar. Por ejemplo, si creamos un sistema que resulta benéfico para desarrollo de ciertos insectos que matan plagas, entonces ya no es necesario el pesticida externo, pero tampoco se precisan "insecticidas botánicos" y ese tipo de cosas que usan muchos agricultores orgánicos.

Otro principio es el del reciclaje de los nutrientes. Las formas en las que se incorpora a la tierra la biomasa vegetal y animal, cómo se debe utilizar de manera eficiente para que el sistema autorregule su materia orgánica, la fertilidad del suelo. Hay muchas formas de hacerlo.


¿Cuál es la diferencia entre la agricultura orgánica y la agroecología?

Bueno, en Estados Unidos, al menos, gran parte de la agricultura orgánica que se practica actualmente se basa en la sustitución de unos insumos por otros, siguiendo el mismo patrón que la agricultura convencional. Conozco muchos agricultores orgánicos en California que son muy dependientes de las empresas que fabrican los insumos. Son otras industrias, más biológicas, pero a la vez es el mismo modelo capitalista dependiente. Nosotros creamos un sistema en el cual no hay dependencia.


¿Esa forma de vincularse con la naturaleza está más presente en algunos países de América Latina más que en otros?

Históricamente esos vínculos están muy enraizados en culturas tradicionales nuestras, en agriculturas milenarias. Ellos no le llaman agroecología, pero es lo que practican en los Andes, en Meso América. Cuando nace como ciencia, a fin de los años setenta, la agroecología toma mucho auge en las organizaciones no gubernamentales (ONG), en países como Chile, Perú, Bolivia. En esa época las ONG trabajaban en un contexto de dictaduras en todo el Cono Sur. En esos momentos habían enfocado la necesidad de los agricultores pobres de implementar tecnologías que les permitieran sobrevivir. Así se empezaron a implementar redes entre los grupos, sobre todo andinos. Pero después ese movimiento llegó influenciar a la academia, y también a institutos de investigación. El país donde más se ha desarrollado la agroecología es Cuba, que desde la crisis que empezó a vivir a fin de los ochenta se creó un grupo que se llama Asociación Cubana de Agricultura Orgánica, que implementó un proceso de desarrollo de agricultura orgánica basado en la agroecología. El segundo país es Brasil. Allí la agroecología ya es un movimiento social, sobre todo en el sur, Rio Grande do Sul, Santa Catarina y otros estados, están empezando a utilizar la agroecología como una herramienta de desarrollo de la agricultura familiar, pero lo más importante es que ha penetrado en las instituciones estaduales, como el Emater en Rio Grande do Sul.
Estamos trabajando en Brasil y para continuar con el programa de entrenamiento de 400 investigadores y extensionistas de EPAGRI, la institución del estado catarinenese responsable de la investigación y la extensión agrícolas. El gobernador de ese estado ha dicho que en dos años deberán desaparecer todos los agrotóxicos de Santa Catarina, y segundo que tiene que haber una moratoria de cinco años para la biotecnología hasta que se demuestre que su aplicación en agricultura no causa impactos ambientales desfavorables. De hecho, cuando la agroecología se asume como una política, causa enormes cambios dentro de las estructuras.


Algunas personas critican la opción cubana por la agricultura orgánica porque consideran que el gobierno hizo un cambio meramente instrumental sin una revisión profunda del modelo convencional.

Es así a nivel de la cúpula dirigente del Ministerio de Agricultura y Ganadería. Para la mayoría de ellos fue un cambio meramente oportunista. Pero a nivel de base, los grupos que promovieron la agroecología, crearon un proceso de capacitación con los principios de la agroecología, proceso en el cual participamos activamente. De hecho, se logró crear una masa crítica no sólo de profesionales sino también de agricultores practicando la agroecología. Y eso es independiente de las políticas del gobierno. Se trata de un verdadero movimiento de masas. El grupo gestor de este proceso, la ACAO, fue suprimido, lo terminaron.
¿Cómo lo terminaron?
Lo colocaron bajo la supervisión y dependencia del gobierno y con un control muy fuerte. Pero yo he regresado a Cuba varias veces, y el movimiento ya es imparable. Comparto, entonces, esa crítica, pero este grupo fue muy inteligente, y utilizó como siete años para hacer una educación masiva de lo que es la agroecología. Se hicieron seminarios, cursos a distancia, bibliotecas móviles, se crearon "faros agroecologicos" que eran establecimientos modelo de producción adonde acudían de visita cientos de agricultores cada mes. Yo creo que en Cuba ese movimiento de base es imparable.


¿Se puede decir que los países del Cono Sur son los más refractarios a este tipo de planteos?

Chile, Argentina y Uruguay, sí. Son países que están completamente entregados al modelo agroexportador. El campesinado ha perdido mucha fuerza, las ONG fueron corrompidas o absorbidas por el sistema. El aparato público fue desmantelado así como la crítica académica, y es el sector privado el que dirige las políticas. En Brasil sucede lo contrario, allí el aparato público está vivo. Podrá tener sus problemas, pero también admite mucha crítica interna. En los países del Cono Sur prácticamente se ha suprimido el diálogo. Estuve en Argentina recientemente, todas las personas me dijeron que no existe allí un diálogo, ni siquiera un debate sobre los vegetales transgenicos. Se organizan foros, coloquios, pero las empresas y los funcionarios públicos los ignoran, lo que es una clara muestra de pensamiento poco democrático.


¿En qué países la agroecología ha llegado a la academia?

En varios países europeos como España, Italia y otros. En la universidad española de Córdoba ya se desarrolló un doctorado en agroecología, y existe una maestría para latinoamericanos que cuenta con el apoyo del gobierno de Andalucía. De allí salen unos 35 latinoamericanos cada año formados en esta nueva ciencia, tanto a nivel de doctorado como de maestría. En Italia hay algunos polos importantes de irradiación de estos principios, incluso en Estados Unidos también los hay. No son aún masivamente reconocidos, pero sí son respetados y tienen mucha actividad, publicaciones de investigaciones que demuestran la viabilidad científica de la propuesta. En ese sentido, existe una preocupación de no quedarse sólo en la crítica, sino de mostrar alternativas concretas y con las mismas herramientas científicas, de manera de que no haya duda de que la agroecología está respaldada por un conocimiento desarrollado. Lentamente se comienza a lograr generar impactos en las políticas públicas. Por ejemplo en Berkeley, la ciudad donde vivimos, los movimientos de consumidores, de cultivadores orgánicos, de ambientalista y otros lograron que la ciudad decidiera que todas las meriendas que se ofrecen deben ser elaboradas exclusivamente con productos orgánicos. Estamos hablando de 42 mil bocas que diariamente se alimentan así. Eso ha abierto un importante mercado para los agricultores orgánicos periurbanos y aún más lejanos que está creando una revolución. También hay prefecturas del PT en Brasil que adoptan políticas parecidas y logran cambios radicales. Esa es una característica esencial de nuestra propuesta, la de provocar modificaciones a nivel local, regional, pero no meterse con el rollo globalizante porque en ese nivel no hay manera de competir con el poder.


Muchos dicen que la agricultura sin químicos tiene baja productividad y que con ese sistema de cultivo no se genera suficiente alimento para todo el mundo.

El problema del hambre en el mundo no tiene nada que ver con la producción de los alimentos. Es un asunto de distribución. Hay 2 mil millones de personas viviendo con menos de dos dólares al día. Existe una mala distribución de la tierra y de su uso. En países africanos netamente exportadores de alimentos la gente muere de hambre. El 70% del grano que se produce en Argentina, en el Cono Sur, es para alimentar ganado. Toda la soja y la mandioca que se cultiva acá tiene ese fin. Los sistemas agroecologicos son en realidad más productivos que el sistema convencional (con químicos), no sólo en cuestión de rendimiento, también porque proporciona una serie de servicios ambientales. Es multifuncional. Algunos estudios que hemos hecho en California sobre manzanos, por ejemplo, permitieron comprobar que en ambos sistemas son igualmente productivos en el mediano y largo plazo. Pero tienen una enorme diferencia en el impacto ambiental: el del agroecológico es 30 veces menor que el convencional, siendo que sólo medimos residuos de pesticidas y concentración de nitrato en suelo, sin tener en cuenta biodiversidad y otros parámetros asociados. Ese escaso impacto ambiental no está siendo compensado por la sociedad. Creo que este tipo de enfoque puede empezar a influenciar a los políticos para que entiendan que se debe premiar a esa gente y castigar a los otros. Ya casi nadie hace comparaciones de productividad porque está más que demostrado que la agricultura orgánica, paradojalmente sin el apoyo científico de los aparatos público y académico, es igualmente productiva que la convencional. Y eso con escasos medios de investigación, mientras que los convencionales tienen 50 o 60 años ininterrumpidos de apoyo científico estatal, y apenas llegan a tener la misma productividad, pero con un tremendo impacto ambiental que la sociedad está pagando caro.


Otra crítica que se hace es que los vegetales orgánicos son más caros, y que por lo tanto no son productos para el pueblo.

Desgraciadamente mucho de la agricultura orgánica está controlada por intereses que no tienen nada que ver con el pensamiento de un modelo alternativo. Están en eso porque se abrieron brechas en el modelo neoliberal que premian ese tipo de agricultura. Lo hacen estrictamente como un negocio, como harían cualquier otro negocio. Pero existe tanto en Europa como en Estados Unidos un amplio movimiento de crítica a esta postura que están planteando que los aspectos sociales fueron ignorados por la agricultura orgánica, y que es necesario cambiar eso. De hecho, ya se están implementando las redes de distribución directa de los agricultores a los consumidores mediante, por ejemplo, ferias orgánicas y las canastas semanales.
Pero atención: hay mucha agricultura orgánica que no es agroecológica porque sigue siendo de monocultivo y de sustitución de insumos, y además abasteciendo mercados elitistas. En las primera discusiones que se promovieron en California para reglamentar la certificación, varios grupos planteamos que se debía limitar la escala a no más de 50 hectáreas, porque hay empresarios que tienen 2 o 3 mil hectáreas que desplazan a los pequeños y medianos, y también defendimos la posición de que se debía incluir una definición de condiciones laborales aceptables para los trabajadores rurales asalariados, pero todos esos reclamos quedaron fuera. En la actualidad, en Estados Unidos la agricultura orgánica es mayormente una etiqueta que dice que no se usaron tóxicos para cultivar esos productos, pero no es un planteo sustentable porque ignora completamente los aspectos sociales, La agroecología, en cambio, se juega con base científica por un modelo de desarrollo alternativo de atiende la equidad social, la seguridad alimentaria, la superación de la pobreza. Es una propuesta política con base científica y, claro, de izquierda.
¿Entonces por qué la izquierda tradicional en América Latina se ha jugado históricamente por la opción productivista?
Porque la agronomía capitalista y la soviética fueron alimentadas teóricamente por el mismo paradigma científico. La revolución verde convenció igualmente a los estadounidenses, a los mexicanos, a los soviéticos y a los uruguayos. Según ese esquema siempre habrá un factor limitante en la agricultura, y cualquiera sea ese factor se deberá usar químicos para superarlo, sin advertir que esa limitante era un síntoma de una enfermedad más sistémica de la agricultura. La agroecología desecha los síntomas y ataca las causas fundamentales que son los desequilibrios biológicos en la tierra. Hay que crear las condiciones para restaurar ese equilibrio.


¿Pudo haber existido en la izquierda un cierto menosprecio del saber popular, del conocimiento campesino?

Lo dice la historia. Cuando la Fundación Rockefeller comenzó a pensar en la revolución verde envió una comisión de científicos a México y cometieron el error de invitar a Carl Sauer, que era geógrafo. Escribió él un informe en solitario, en el que decía que si un grupo de agrónomos estadounidenses agresivos iría a México para llevar el maíz de Iowa y de Ohio, sucedería un catástrofe que describió con bastante detalle. Esa catástrofe es exactamente lo que está sucediendo desde hace varias décadas en el mundo. Sauer fue sustituido en la comisión por otro que no hacía críticas. La revolución verde no sólo significó el cambio de una variedad por otra, sino la supresión de todo un conocimiento acumulado durante milenios. Lo mismo está pasando ahora con la biotecnología: las instituciones públicas son cooptadas por las transnacionales. La universidad de Berkeley donde yo trabajo recibe 50 millones de dólares anuales de la Novartis. Eso crea un sesgo institucional del cual emerge una visión y se suprimen las otras. A nosotros nos intentan suprimir a menudo. Y eso es muy peligroso para la sociedad, porque las opciones, la diversidad de enfoques empieza a desaparecer. Ni siquiera los agricultores soyeros convencionales que usan químicos ya no tienen muchas opciones: o Roundup o nada. O entran en el juego o quedan fuera. En Estados Unidos, como en Argentina, disminuye la cantidad de agricultores dedicados a la soya, pero aumenta la cantidad de hectáreas. Porque esa tecnología alienta la concentración de la tierra. En Estados Unidos el sistema de subsidio, creado por el lobby de los grandes empresarios agrícolas, otorga 40 dólares por acre a quienes tienen menos de 400 acres, pero le da 400 dólares por acre a quienes tienen más 400 acres. Es una agricultura sin agricultores.
La biotecnología es la fructificación del modelo de la revolución verde y es impulsada por los mismos actores. Yo no distingo entre agroquímicas y transgenicos. Nuestra idea es condenar igualmente a ambas agriculturas porque están podridas.


¿La imposición de la revolución verde en América Latina puede tener alguna relación con la generalización de las dictaduras en ese período?

No sé si ambas cosas tienen un vínculo directo, pero no pienso que las estrategias de desarrollo rural que impulsa el gobierno de Estados Unidos sean diferentes a su política externa. Todo surge de la misma concepción. La dominación tiene muchos campos, y una manera de dominar ha sido educar al mundo científico latinoamericano con una mentalidad al servicio de ese modelo. Cuando llegué a California me di cuenta de que en Chile me habían enseñado agronomía californiana. Todos mis profesores habían hecho uso de un convenio por el cual completaron su formación en California. Nunca me enseñaron agricultura campesina. En mi opinión, tanto la revolución verde como la biotecnología actúan de manera fascista, porque suprimen la disidencia. A mí no me han podido echar de la universidad porque va contra los principios del centro de estudios, y además porque soy profesor titular del máximo nivel, pero las ganas no han faltado. El costo de hablar esto públicamente es muy alto, enseguida empiezan a tildarte de pseudo científico, antiprogreso, y segundo te cortan todos los fondos. Por eso es que allá ahora hay mucha gente que ya no habla. La represión es muy grande.


¿Puede haber un cambio de modelo agrícola si no se produce un cambio social general?

Sí, de hecho esos cambios se están dando ahora mismo. Recientemente participé en una actividad en la cual evaluamos 208 proyectos provenientes África, América Latina y Asia, y estimamos que hay 9 millones de campesinos que han adoptado el modelo agroecológico, cubriendo aproximadamente 30 millones de hectáreas, con una producción de 1,7 toneladas de grano por hectárea en zonas marginales. Estos pequeños ejemplos son los que denominamos "faros agroecologicos", porque influencian a su entorno y crean redes entre agricultores por donde pasa el conocimiento. No sé si la suma de los cambios locales provocará un cambio global, pero pienso que es posible. Cómo se dará eso en el futuro, lo ignoro, pero hay mucha gente buscando nuevos caminos.


Principales publicaciones

Altieri, M.A. and Liebman, M.Z. 1988. Weed management: Ecological guidelines. In: Weed Management in Agroecosystems: Ecological Approaches. M.A. Altieri and M.Z. Liebman, eds. CRC Press, Boca Raton, Fl.
Altieri, M.A. 1990. Agroecology and rural development in Latin America. In: Agroecology and small farm development. M.A. Altieri, S.B. Hecht, eds. CRC Press, Florida, pp. 113-118.
Altieri, M.A. 1993. Crop Protection Strategies for Subsistence Farmers. Westview Press, Inc. Boulder, CO, 197 pp.
Altieri, M.A. 1994 Biodiversity and Pest Management in Agroecosystems. Haworth Press, Inc., NY.
Altieri, M.A. 1995. Agroecology: The science of sustainable agriculture. Westview Press, Boulder, CO. Revised and expanded edition

Economía de mercado vs. Economía Comunal en Venezuela




Para dar un paso cualitativo y cuantitativo en el proceso revolucionario es imprescindible superar el modelo económico capitalista. Como lo dijo el Che “No se puede construir el Socialismo con las armas melladas del capitalismo”. En la transición al socialismo el sistema económico debe sufrir metamorfosis que canalice nuevas relaciones de producción. Si durante la transición al socialismo el modelo económico no va sufriendo cambios la transición evidentemente va ser eterna o una o en todo caso una trampa.

El comandante Chávez consciente de que la transición en términos económicos no ha estado a las exigencias del proceso ha construido una arquitectura política y jurídica para dar existencia y exigencia legal al modelo económico alternativo. De ahí, la promulgación de la Ley Orgánica del Sistema económico comunal y otras leyes en donde toca la estructura de propiedad y el ciclo productivo, exigiendo al empoderamiento y control de los sistemas productivos por parte del poder popular. Igualmente en el Plan de la patria, en la parte introductoria, el Comandante Chávez coloca la hegemonía eminente todavía del modelo capitalista en la sociedad expresando lo siguiente “No nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista. Ciertamente el socialismo apenas a comenzado a implantar su propio dinamismo interno entre nosotros.”

El rentismo petrolero, la economía de puerto ha llevado a Venezuela durante los gobiernos neoliberales a una economía dependiente, parasitaria y al borde del colapso. Con la llegada de la revolución se ha logrado solventar parte de los efectos de ese modelo con una repartición más social de las gotas de petróleo, pero por muchas limitaciones, una de ellas, la naturaleza propia de un Estado burgués, no se ha tocado a profundidad la estructura económica capitalista, por eso vemos que muchas de las empresas que controlan el estado reproducen las mismas dinámicas del modelo capitalista con el afán de producir sin detenerse para el análisis de los cambios estructurales que amerita para cambiar las relaciones sociales de producción. El modelo hegemónico que aún persiste con mucha fuerza dentro de nuestra sociedad de por si es insustentable. Está diseñada para que las grandes corporaciones controlen la sociedad a través de la “mano invisible del mercado”, de hecho, las grandes desequilibrios socioeconómica ocasionadas a nivel global pone en duda tal “mano invisible” por la que es más adecuado llamar las garras visibles del mercado porque desangra la economía local. Ver figura 1
Los cambios profundo y estructurales en materia económica solo es posible con una nueva institucionalidad basado en un nuevo estado, el estado comunal, en donde el pueblo organizado como sujeto protagónico desarrollan proceso productivos con otros paradigmas totalmente ajeno a la economía del mercado Por tanto el parámetro o el indicador del avance en un proceso revolucionario desde nuestra visión es el control del ciclo productivo por el pueblo organizado. Cuando hablamos de ciclo productivo nos referimos a la producción propiamente dicha, al acopio, al procesamiento, distribución y consumo. Por supuesto el empoderamiento y control del ciclo productivo ya es producto de un nivel elevado de organización y de conciencia porque no solo se trata de tener el control, se trata de transformarlo, superar las relaciones sociales de producción capitalista e instalar un nuevo modelo productivo en donde prima la relación de cooperación, complementariedad, solidaridad, entre otros. Por tanto, la superación del modelo capitalista pasa por transformar objetiva y subjetivamente la sociedad. No habrá superación del modelo económico sin la participación del pueblo como sujeto histórico.

Las condiciones más que perfectas creadas por el comandante Chávez y el pueblo consciente para la transformación del modelo económicos de forma y de fondo son las comunas. La comuna es el suelo fértil en donde va naciendo el socialismo, es ahí donde el pueblo va ejerciendo poder para transformar y transformarse. Ver figura 2 





Fuente: Rebelion.Org 

Adriano Muñoz Perez
  es Ing en Agroecologia, graduado en el Instituto Agroecologico Latinoamericano Paulo Freire - Venezuela
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Paraguay - Congreso Democrático del Pueblo, por el pueblo y para el pueblo



“Queremos abolir el capitalismo neoliberal dependiente y asegurar el desarrollo nacional con justicia social y en democracia participativa”
Sahafik Handal

En medio de una realidad compleja, amenazante, voraz, tiránico, excluyente para la mayoría de la población Paraguaya, nuevamente surge la idea y posibilidad de retoñar la plataforma de lucha que se denominó Congreso Democrático del Pueblo, que por cierto desde aquella  plataforma de luchas que no perduro mucho tiempo, se unificaron fuerzas para los interés políticos, sociales, de los sindicatos, estudiantes, campesinos, campesinas, indígenas, sectores partidarios progresistas y de izquierda, para derrotar el paquetazo neoliberal o saqueo al pueblo desde las privatizaciones que se emprendieron en la oscura noche del 2002. El porque no perduraron, cual fue el motivo, donde se fallaron, es preciso y necesario tardíamente también, reflexionar y replantear esquemas, actitudes y desvío político de la izquierda paraguaya.
Caminante, no hay camino se hace camino al andar, seguir abriendo un camino distinto al neoliberalismo, necesariamente obligan una plataformas de luchas unitaria, siempre han sido una necesidad, el surgimiento espontaneo del Congreso Democrático del Pueblo en el 2002 justamente respondía a esa necesidad. Obviamente, es difícil ofrecer repuestas teóricas sin la lucha permanente en la calle. Lo que sí es necesario repensar y verificar desde una autocrítica sincera la situación política nacional y el papel que va jugar el congreso democrático del pueblo, sin bajar esperanza y disposición combativa de luchas plena, por un lado obligan trascender cualquier culto a la espontaneidad, ya queda demostrado que con esa actitud se vuelve estéril la derrota total al neoliberalismo.
La política es la que no se ven decía José Martí, escondido ha de andar todas ideas que sueñan triunfar en contra de un neoliberalismo tardío que llevan adelante Horacio Cartes y sus amigos empresario, ya están claro que el nuevo rumbo Paraguay seguirán  imponiendo una dictadura con careta de la democracia burguesa, jamás renunciará en la intenciones restauradora en el continente Latinoamericano y caribeño del proyecto extractivista del gran capital, para terminar de saquear los recursos naturales que quedan, tierra, agua, bosques y minerales, jamás el estado regularan los mercados, la extranjerización de la economía, regresividad tributaria, hegemonía del sector financiero, pobreza, desigualdad socioeconómica, vulnerabilidad externa, etc.
Antes esta crisis y amenazas retroceder es perder, todas las crisis es una oportunidad política, organizativas y de triunfo, si existen un verdadero interés unitario de los sectores y movimiento populares en luchas. Hacer contra hegemonía requiere fuerzas abarcante de unidad verdadera, con principios, tácticas y estrategias políticas clara y bien definida, no se pueden repetir desde la militancia actitudes de una unidad por interés de los fragmentos, con esas practica clientelista de unidades aisladas, egoísmos, patriarcal, donde solo se mantienen juntas por los intereses mezquinos de sus integrantes, cada quien queriendo llevar agua en su molino, con esa misma actitud jamás podemos derrotar definitivamente al neoliberalismo, por un lado por reproducir practica antidemocrática, y por otro lado, dejan hechos que desmovilizan y generan desconfianzas al pueblo oprimidos, aprovechándose de la misma el opresor.
Este espacio del Congreso Democrático del Pueblo necesitan ser orgánico para que perduren con el tiempo, urgen alzar los principios y valores en los proyectos programáticos de luchas, con una nueva aptitud profética, esperanzadora y constructiva desde las bases del poder popular, nuestra democracia es verdadera por ser participativa y protagónica del pueblo trabajador, nuestras democracia no es un nuevo ídolo a quien adorar caudillos, en sustitución del antiguo ídolo y caudillo del capitalismo, sino un proyecto de sociedad en permanente construcción y de renovación, tales así que este congreso democrático deben traspasar la barrera del fatalismo, divisionismo, excluyente, dogmatico, clientelar y abarcar a la gran mayoría en la  lucha contra el neoliberalismo y por la  independencia, consolidando los Congresos Democráticos del Pueblo en lo local, regional, nacional e internacional, con debate y luchas permanente en la calle, en la casa, en la escuela, en los hospitales, en los transporte públicos, en las universidades, en los medios comunitarios, redes sociales, uniendo campos, ciudades y periferias a la gran batalla por una patria nueva.   
"Al mismo tiempo que la conquista del poder, la Revolución acomete
la conquista del pensamiento"
José Carlos Mariátegui
La patria es humanidad……José Martí
Del Rosario Ignacio Denis. Ingeniero Agroecologico graduado en Instituto Latinoamericano de Agroecologia Paulo Freire (IALA)
Twitter: @yiyoparaguay

Blog del Autor : http://ayvuguasu.blogspot.com/

Publicado en : Rebelión .Org  


Nota

martes, 9 de septiembre de 2014

Brasil: Tres mil familias del MST ocupan la hacienda Santa Mônica, propiedad del senador Eunício Oliveira


Sin Tierra denuncian la relación del senador con la expulsión de decenas de familias campesinas de la región.
Más de tres mil familias Sin Tierra ocuparon en la mañana de este domingo, 31 de agosto, la Agropecuaria Santa Mônica, localizada entre los municipios de Alexânia, Abadiânia y Corumbá. La hacienda, registrada a nombre del senador Eunício Oliveira (del PMDB-CE), es un complejo de más de 20 mil hectáreas autodeclaradas improductivas.
El MST "denuncia la escandalosa relación del senador Eunício con la expulsión de decenas de familias campesinas de la región, con el único objetico de promover la especulación, en una región donde el precio de la tierra se está valorando mucho en los últimos años. Actualmente, además de vastas extensiones de tierra improductiva, algunas propiedades son arrendadas para la producción de soja y maíz, demostrando el interés exclusivamente financiero que el senador tiene con dicha área".
El senador Eunício Oliveira, candidato al gobierno del estado del Ceará, es considerado el candidato a gobernador más rico de Brasil, con unos bienes declarados de 99.022.714,27 R$
Además de inversiones en el fondo de la sanidad del Banco de Brasil (BrasilPrev Seguros y Sanidad) - por valor de R$ 1,5 millón - y en Letras de Crédito del Agronegocio del mismo banco (R$ 2,1 millones), el senador posee más del 40% de sus bienes declarados en propiedades rurales en el estado del Goiás.
Este es un claro ejemplo de cómo el Estado brasileño ha profundizado sus vínculos con el latifundio y el agronegocio. El parlamento nacional hoy está hegemonizado por ruralistas, que poseen más de 1/3 del total de diputados y senadores, mientras los representantes campesinos no llegan a una decena.
Son justamente estos terratenientes los que destruyeron el Código Forestal y ahora están avanzando para destruir las tierras indígenas (con la PEC 215), además defiendan la flexibilización de las leyes laborales e impiden una reglamentación más rigurosa de los agrotóxicos.
A pesar del poder del agronegocio, que influencia en el actual proceso electoral, financiando la campaña de los principales candidatos de los poderes ejecutivo y legislativo, la fuerza de nuestra ocupación demuestra que este modelo tiene los días contados.
Esta ocupación es la mayor de las realizadas en el estado de Goiás en los últimos 10 años y está compuesta por jóvenes, hombres y mujeres que demuestran la actualidad de la reforma agraria para un nuevo proyecto de desarrollo para el país, basado en las necesidades reales del pueblo trabajador brasileño.
Con esta ocupación, el MST reafirma su compromiso con la sociedad brasileña de luchar por el fin del latifundio, contra el agro negocio y por la producción de alimentos saludables para el pueblo de la ciudad y del campo.
La no realización de la Reforma Agraria sólo interesa a una pequeña élite que defiende sólo sus intereses, no los de Brasil. Por eso, seguimos en lucha! Y avisamos al senador y a los poderes estatal y federal: vinimos para quedarnos, queremos Reforma Agraria ya!
Luchar, construir reforma agraria popular!

Corumbá – Goiás, 31 de agosto de 2014
Dirección Estadual del MST-Goiás
Fuente: Via Campesina. Org 

Las espirales del debate sobre extractivismo y los nuevos tiempos





Hay claros indicios de que estamos frente al agotamiento de un ciclo político en América Latina, y en el tránsito hacia otra fase que nos enfrenta a una serie de amenazas de diferentes grados para los pueblos de la región. Es importante destacar que los diversos procesos de lucha social latinoamericanos suelen estar, en buena medida, atravesados por el carácter cíclico de nuestras economías, que influye poderosamente en las movilizaciones sociales, en la legitimidad del sistema político, en la relación entre el poder constituido y el poder constituyente, y en la composición política del Estado en un momento determinado. Esto evidentemente ha marcado las dinámicas de transformación de los últimos años, y marcará las que vendrán en el futuro.
Los debates sobre extractivismo toman aún más importancia en la actualidad debido a varias razones, de las cuales destacamos dos:
a) después de 10-15 años de estos procesos de transformación política, social y cultural en la región, lo que tenemos como saldo es, junto a un robustecimiento de nuestro carácter primario-dependiente, una gran expansión de las fronteras extractivas, avanzando en muchas ocasiones sobre territorios “vírgenes”, o que habían sido muy poco impactados por la modernización capitalista. Este avance extractivista se incrusta en nuestros territorios no sólo por la vía de infraestructuras, sino también mediante varios acuerdos de mediano y largo plazo con empresas transnacionales, al tiempo que se siguen explorando y negociando nuevos enclaves de extracción, muchos de ellos de fuentes no convencionales.
Si mapeáramos los diversos proyectos de explotación de la naturaleza en los países latinoamericanos, podríamos advertir con gran preocupación cómo cada vez más territorio es comprometido, hipotecado y/o ocupado por la lógica de despojo y depredación del capital, tanto si hablamos de gobiernos francamente neoliberales (donde destacan Colombia [1] [2], Perú [1] [2] y México), hasta llegar a los denominados “progresistas” (como por ejemplo los casos de Ecuador [1] [2] [3], Bolivia y Venezuela [1] [2]). Ya se ha subrayado en otros momentos las crecientes consecuencias económicas, ambientales, políticas, geopolíticas, sociales y culturales de profundizar el carácter extractivista de nuestros modelos de sociedad;
b) al parecer, una segunda fase del nuevo extractivismo (neoextractivismo) en América Latina se configura entonces sobre la base del desgaste, ralentización y estancamiento de los procesos de transformación recientes en la región, con una tendencia progresiva a la mutación del perfil social reivindicativo que han tenido buena parte de los gobiernos latinoamericanos en los últimos años, hacia formas híbridas y más complejas de acumulación por desposesión ‒esto es, lo que hemos llamado el «neoliberalismo mutante»‒, que podrían apuntar a políticas más crudas, ortodoxas y explícitas de neoliberalismo. Un “cambio de época” como este para América Latina, supondría que los dispositivos de dominación que se desprenden del extractivismo sería más tenaces y agudos.
La configuración de nuevos tiempos y escenarios para la región ha hecho al mismo tiempo brotar nuevas espirales en el debate sobre extractivismo, a la vez que la necesidad de enfrentar futuros desafíos exige intentar caracterizar los flujos y corrientes de poder político y epistemológico que se desprenden de ellos. Aquí proponemos 7 hipótesis de trabajo para la discusión sobre viejos y nuevos tópicos que se han vinculado a los debates sobre extractivismo en América Latina.
a) Pensar el extractivismo como proceso metabólico y un tipo de régimen de reproducción de la vida
Buena parte de los debates sobre extractivismo plantean un enfoque en el cual parece que se está discutiendo únicamente sobre un “modelo económico”, o bien un tipo de perfil o gestión estatal. La cuestión es que el extractivismo no es sólo esto, sino que en su esencia es un tipo de metabolismo [1] del sistema capitalista que atraviesa, permea e interviene sobre los propios procesos de producción de vida, para adaptarlos a su función específica en la División Internacional del Trabajo, y en el caso del ordenamiento territorial interno de los países, a lo que hemos llamado la «División Nacional de la Naturaleza» [2] , que producen los Estados extractivistas.
En este sentido, se trata de una reivindicación del análisis del extractivismo desde la transdisciplinariedad, enriquecido primordialmente desde la geografía crítica y la ecología política, que haga que, por un lado, reconozcamos que el extractivismo es un sistema transterritorial, y por el otro un régimen biopolítico, en el cual la territorialidad no puede ser solo entendida como una sociabilidad posada en un espacio inerte, sino que se trata de la reproducción biosocial de la vida, una simbiosis que es indivisible.
El sistema extractivista genera pues territorialidades, ordenamientos geográficos, que se ven articulados jerárquicamente en torno a procesos hegemónicos de acumulación de capital; genera poder sobre los cuerpos; genera configuraciones narrativas y culturales funcionales a estas dinámicas; reproduce un proceso metabólico particular sobre la naturaleza y la producción de energía. Se hegemoniza no sólo al establecer una estructura organizada, transnacionalizada y corporativa de extracción/producción de energía y materia para el mercado mundial, sino también al intentar configurar los procesos productivos moleculares y territoriales haciendo que se deriven de ésta.
La temporalidad y la velocidad del metabolismo biosocial de un país como Venezuela, sus particulares ritmos de procesamiento del consumo y el movimiento, no están solo determinados por la disposición de tecnología que tiene para ello, sino en primera instancia por cómo la lógica del capital ha generado históricamente un sesgo que se hace cada vez más brutal en su territorialidad ‒piénsese que el 96% del monto de sus exportaciones son petroleras, y el porcentaje de importación del total del consumo nacional de alimentos ha crecido enormemente[3] ‒, por cómo el extractivismo petrolero venezolano configura un ordenamiento geográfico donde los sujetos han sido progresivamente desterritorializados de sus ecosistemas originarios, de sus metabolismos tradicionales, para que sus procesos de producción/consumo/vida se adapten a la específica relación espacio-temporal que genera el dinero de la renta petrolera, con sus particulares formas de producción de subjetividad, de corporalidades, su tipo de representación de los imaginarios sociales, sus intensivos procesos energéticos per cápita.
Al analizar los denominados “recursos minerales estratégicos”, haciendo un mirada especial sobre el litio, uno de los metales que ha creado mayores expectativas en vías a nuevos proyectos y ejes extractivos en Suramérica, vemos que sus principales usos están dirigidos a las cadenas de producción de electrodomésticos, como televisores pantalla plana, teléfonos celulares, computadores portátiles, cámaras de video o de fotografías, y otros similares. Este metabolismo depredador transterritorial que determina los «modos de vida imperial» (U. Brand), puede alimentar guerras o conflictos de orden geopolítico, o bien el robustecimiento del carácter extractivista del Estado boliviano ‒país donde se encuentran las mayores reservas de litio del mundo‒, una reconfiguración de su ordenamiento territorial, así como la desterritorialización subjetiva de los afectados por estos nuevos proyectos extractivos, todo para alimentar procesos de acumulación de capital de estas ramas de la producción industrial transnacional, y los consumos suntuarios de un fragmento “privilegiado” de la población mundial.
El sistema extractivista pues, interviene “de arriba hacia abajo” sobre procesos socio-bioproductivos populares, que pueden tener un carácter autónomo, autosuficiente y de escala molecular, desestimando socialmente los valores que produce, subordinándolos a su modo de acumulación, o bien destruyéndolos ‒externalizando costos hacia los trabajadores, pobladores y la naturaleza‒. Se conforman así, las rutas metabólicas del sistema, un patrón energético piramidal que a partir de una serie específica de productos, materias y energías funcionales al capital, alimentan una cadena que llega hasta la cotidianidad de hombres, mujeres y niños.
Creemos entonces conveniente, analizar la lógica de dominación de los sistemas extractivistas más allá del proceso extractivo en sí, más allá de sus dinámicas estructurales, o bien que trasciendan una visión puramente “económica”, o política (centrada en el Estado), etc. Poder hacer visibles las derivaciones metabólicas que se originan de un tipo de régimen de reproducción de la vida que opera transterritorialmente, es decir, que sobrepasa el territorio donde se produce la extracción de naturaleza, en el sentido en que articula en torno a su modo de acumulación, múltiples espacios geográficos, subjetividades, funciones sociales, que pueden ser muy diversos unos de otros, pero que están subordinados a las zonas donde se masifican los «modos de vida imperial» (puede ser países como Suiza, Suecia o Canadá, o bien, zonas privilegiadas de Johannesburgo, Santa Cruz de la Sierra o Buenos Aires). Esto por supuesto, tiene implicaciones en la ampliación de los objetos y sujetos que se analizan desde la crítica al extractivismo.
b) Extractivismo, soberanías y neoliberalismo mutante
La muy promovida socióloga peruana Mónica Bruckmann afirma que:
El acceso, la gestión y la apropiación de los recursos naturales abre un amplio campo de intereses en conflicto en América Latina, evidenciando, por lo menos, dos proyectos en choque: la afirmación de la soberanía como base para el desarrollo nacional e integración regional y, por otro lado, la reorganización de los intereses hegemónicos de Estados Unidos en el continente que encuentra en los tratados bilaterales de libre comercio uno de sus principales instrumentos para debilitar el primero [4] .
Es importante resaltar que una disputa fundamental que se desarrolla en torno al debate del extractivismo es la que tiene que ver con la soberanía, la cual parece ser entendida casi unánimemente como un problema de Estados-nación o sistemas interestatales. Esto oculta otros actores ‒en realidad los actores constituyentes de los procesos políticos‒ y los territorios que están en disputa tanto contra el capital, como contra el Estado, para evitar procesos de explotación y despojo, y la imposición de proyectos extractivos. Sobre la base de una diferenciación política regional y una reivindicación de las soberanías popular-territoriales, proponemos no dos, sino cuatro proyectos en disputa en América Latina, que marcarán nuestra dinámica geopolítica en los próximos años. Esta propuesta por supuesto no es rígida, sino que dichos proyectos son porosos, agrietados, se pueden solapar, en cierta forma articularse, o bien coexistir, negociar, o disputarse unos con otros en un espacio político determinado, que puede ser incluso un mismo país. Son, como ya hemos dicho, hipótesis de trabajo:
Ø El Uribismo como proyecto regional : se trata de un proyecto neoliberal delincuencial y paramilitar, orientado a un extractivismo expansivo, abierto y flexible al capital transnacional, con esquemas de acumulación franca y abiertamente antipopulares, que opera bajo la égida de los Estados Unidos y que gira en torno a la «Alianza del Pacífico». Los Estados de México y Colombia son dos claros;
Ø El Lulismo : es un proyecto corporativo/extractivista en franca expansión, de perfil mixto (Estado y empresas TNs) que puede distribuir de una forma un poco más justa la renta de la tierra captada internacionalmente, pero que ejerce procesos sostenidos de despojo y mecanismos de acumulación de capital híbridos (neoliberalismo mutante). En la medida en la que el ciclo expansivo de los commodities comience a contraerse, estos procesos de acumulación por desposesión se proyectan a agudizarse. Su alianza geopolítica gira en torno a los emergentes, principalmente China, y se orientaría en torno a la unión UNASUR-MERCOSUR. Brasil tiene franca influencia en este proyecto regional.
Ø El Socialismo del siglo XXI : tiene rasgos programáticos que proponen generar algunas transformaciones profundas y mayores reivindicaciones populares primordialmente desde el Estado, con vínculos con movimientos sociales, y que tienen como base material primordialmente la renta internacional de la tierra, planteando una expansión del modelo extractivista. Sus alianzas giran primordialmente hacia los emergentes, principalmente China y Brasil, y los proyectos ALBA, PetroCaribe y Unasur-Mercosur. Este proyecto se encuentra en franco retroceso, al menos en sus aspectos más radicales, decoloniales y anticapitalistas, y puede mutar o interrumpirse para tomar formas “lulistas” o “uribistas”. Aún mantiene una fuerza electoral importante.
Ø Un proyecto popular pluricomunista a escala regional : se trata de un proyecto multiterritorial, pluricultural, alternativo, nivelador, contrahegemónico, con rasgos nuestroamericanos fuertes. Lucha en general en torno a la defensa del territorio y de los bienes comunes, como una fuerza de resistencia antidespojo, pero que al mismo tiempo busca reconfigurar su realidad territorial alrededor de lo común. Lamentablemente, y a pesar de la difusión de un imaginario latinoamericanista, son luchas normalmente atomizadas y poco articuladas unas con las otras en términos regionales, a pesar de algunos esfuerzos que resaltan en los últimos años.
Hay sobre estas interpretaciones que hemos propuesto, un factor clave en el debate sobre extractivismo, que tiene que ver con la importante distinción entre lo común, lo público y lo privado. La defensa de lo común, de nuestros comunes, se vuelve imperiosa ante el avance permanente de la acumulación por desposesión, sobre todo tomando en cuenta que tres de los cuatro proyectos en disputa mencionados, con sus diferencias, se proponen expandir el modelo y las fronteras del extractivismo. De la emergencia epistemológica de lo común se desprenden toda una serie de ideas no sólo sobre nuevas subjetividades y premisas ontológicas, así como diferentes formas de resistencias desde el territorio, sino incluso algunas bases para pensar transiciones post-extractivistas y post-capitalistas en las cuales los pueblos ejerzan un tipo de gobernanza y tengan una soberanía directa por medio de formas de autogobierno y autogestión sobre sus territorios y bienes comunes.
Podemos, en efecto, evaluar el papel del Estado, tratando de salvar un teórico nexo fundamental y productivo entre lo común y lo público, sobre todo en los gobiernos denominados “progresistas”. UNASUR se ha propuesto crear el Instituto de Altos Estudios de la unión, alrededor del cual ya giran algunas intelectualidades como Theotonio Dos Santos y Mónica Bruckmann, que sostienen que esta “ afirmación de la soberanía” nacional se da sobre la base de estados fuertes que a partir de sus “recursos naturales”, planifican su uso sustentable para el provecho de la mayoría de los actores sociales [5] . El “desarrollo nacional” se alcanzaría ahora por la vía de una industrialización de la naturaleza.
Sin embargo, y sin poder profundizar mucho más sobre las apreciaciones de los teóricos de la UNASUR, es importante resaltar lo profundamente problemático que es el supuesto vínculo “progresivo” entre nacionalismo energético y la defensa de los comunes (en términos de mantener la soberanía de los pueblos en sus territorios y conservar la naturaleza de la degradación expansiva), y más bien consideramos fundamental demarcar claramente la diferencia entre el ámbito de lo común y el de lo público.
Esto es así por dos razones. La primera es que l a intensificación progresiva del extractivismo y la lógica desarrollista en América Latina están en profunda relación con la paulatina distensión de los vínculos que los gobiernos en esta era de perfil “progresista”, han tenido con los movimientos populares que los llevaron al poder, y le dieron sentido a su proyecto político; están también en relación con la pérdida de la composición radical que ha tenido este “bloque político del descontento” y el retroceso de las prácticas alternativas que han dado vida al impulso transformador de los proyectos de estos gobiernos; y a su vez con la progresiva desmovilización de los pueblos y la burocratización de dichos procesos de cambio social. A estas alturas creemos que es evidente que los Estados de orientación popular y progresista han podido hacer más de lo que finalmente han hecho, en términos de iniciar transiciones post-extractivistas; y el hecho de lesionar los vínculos con sus bases populares organizadas, debido al no reconocimiento de que la fuerza constitutiva de estos proyectos de cambio profundo está en ella, ha traído consecuencias, evidentes en la situación de estancamiento político que se vive actualmente en la región.
La segunda razón tiene que ver con las enormes presiones que ejerce la crisis del sistema capitalista mundial sobre los Estados, principalmente los periféricos o los del Sur Global, para que tengan un carácter político y administrativo cada vez más flexible y abierto a los flujos del mercado, lo que a su vez provoca una gran presión de los Estados sobre los territorios, en busca de procesos de acumulación por desposesión. De ahí las preocupaciones de Eduardo Gudynas sobre el anclaje del progresismo con la globalización [6] .
La UNASUR se propone mapear todos los recursos naturales de la región mediante el Servicio Geológico Suramericano (SGSA), insertarse de una manera repotenciada al mercado global capitalista ‒aquí no se habla en ningún sentido de post-desarrollismo, post-extractivismo, ni mucho menos post-capitalismo‒, así como impulsar toda una red de infraestructuras territoriales para la integración multimodal: ferrovías, hidrovías, carreteras, puertos y aeropuertos [7] , bajo la lógica del COSIPLAN (antiguo IIRSA). Los peligros de que la hibridación que impulsan las formas mutantes del neoliberalismo, por las diversas razones antes mencionadas, termine configurando una política masiva de acumulación por desposesión son muchos. La profundización del extractivismo, con sus crecientes necesidades expansivas de flujos de capital y de conexiones globalizadas abre aún más estos riesgos.
¿Cómo seguir las pistas de este proceso? Tal vez preguntándonos: ¿hacia dónde están apuntando actualmente las políticas estatales respecto al enfoque del rendimiento económico en las exportaciones directas; a la actitud ante la apertura a la inversión extranjera directa y la inserción en el mercado mundial; al tipo de trato y relacionamiento interno que se da con los inversionistas extranjeros; a las políticas cambiarias; al tipo de ejercicio soberano que pone en práctica el Estado ante los grandes capitales respecto a sus “recursos naturales”; a la manera cómo intermedia respecto al acceso popular a los bienes comunes para la vida; a la manera cómo estructura los procesos redistributivos domésticos y la composición de quiénes son los sectores más favorecidos por estos; a cómo opera y qué alcance tiene la voluntad de protección que posee el Estado ante los sectores históricamente excluidos de la sociedad?[8]
c) Extractivismo, «capitalismo delincuencial» y guerra mundial por los recursos
El impresionante despliegue de diversas formas de violencia y guerras a lo largo y ancho del planeta en la actualidad, hacen parte, o se encadenan, a un mismo conflicto geopolítico de orden global, que responde no sólo a la propia crisis mundial del sistema capitalista, sino a una guerra por los llamados “recursos”, que determina la hegemonía o la supervivencia, siendo uno de sus objetivos centrales el control del territorio. En este sentido, no sólo hablamos de una progresiva ampliación de la militarización de los territorios, sean de origen estatal o formas privadas paraestatales; del establecimiento de mecanismos policiales de represión y satanización social de la protesta ‒todos podemos ser potenciales sospechosos de “terrorismo”‒; sino también de la forma en la que la política tradicional se ha articulado creciente y alarmantemente con formas delincuenciales instituidas y en expansión; de cómo las disputas y soberanías territoriales que desbordan a los Estados son afrontadas por complejas corporaciones mafiosas transnacionalizadas que tienen cada vez más incidencia en estas dinámicas de poder y dominación del espacio geográfico.
Como ya lo hemos expuesto en otro momento, el modelo de acumulación de capital en el siglo XXI va tomando la forma de un capitalismo delincuencial, como lo ha planteado Ana Esther Ceceña. Dispositivos como estos en México y Centroamérica, Colombia y muy evidente en tiempos recientes en Venezuela, Brasil y en muchos territorios de toda la región, dan cuenta de una estrategia sumamente preocupante, que podría apuntar a una intensificación de la relación entre extractivismo y violencia, apuntando a la expansión de formas de extractivismo delincuencial, o bien de delincuencia extractiva articulada a redes más amplias de poder.
Estas tendencias suponen que la crítica al extractivismo no se dirigiría únicamente al poder de los Estados y las compañías transnacionales, sino a todo un entramado corporativo profundamente mafioso que puede reconfigurar la forma tradicional como se constituyen las correlaciones de fuerza y las disputas políticas en las luchas territoriales. Creemos que es importante analizar bien esta situación, y preguntarnos qué supone este escenario de feudalización mafiosa en la resistencia de los pueblos ante el extractivismo.
d) Ciudades y extractivismo urbano
El grueso de los debates sobre extractivismo ha centrado, con toda justificación, su mira geográfica en áreas rurales y semi-rurales, zonas campesinas, territorios indígenas, así como áreas de reserva natural. Sin embargo, y como hemos propuesto, es necesario reconocer el proceso metabólico transterritorial del extractivismo; esto es, que los rasgos más intensivos de este proceso se reproducen en las ciudades; que la conformación y/o expansión de un enclave urbano, de la masificación de los «modos de vida imperial», suponen al mismo tiempo la implantación y/o extensión de las «zonas de sacrificio» que sostienen ese “desarrollo”, sea de forma directa, por la vía de “importar” de manera creciente bienes comunes como agua, cultivos, entre otros; o primordialmente de forma indirecta por la vía de la intermediación del capital: su transformación en dinero, que retorna al Estado en forma de renta o ingresos transferidos como petrodólares y luego se distribuye para la modernización. En la medida en la que este patrón de poder se ejerce metabólicamente, entonces este proceso sólo podrá ser trascendido metabólicamente.
Ahora bien, lo que se suma a esta importancia de un análisis transterritorial del extractivismo, es el impacto de las transformaciones socio-espaciales que se han dado en América Latina en los últimos 15 años. La oleada de modernización en la región que se sigue del boom de los commodities a partir de la década de 2000, tiene un correlato directo con la expansión cuantitativa y cualitativa de los enclaves urbanos en nuestros países. Esto a su vez, hace que la incidencia política, económica, social y cultural de la cuestión urbana se haga aún más compleja y problemática de lo que ya era.
Si revisamos los últimos años vemos que buena parte de las movilizaciones políticas determinantes fueron de origen urbano: por ejemplo las movilizaciones por las tarifas del transporte público en São Paulo del año pasado y en general las protestas contra el mundial en Brasil en este año; movimientos estudiantiles en Chile y Colombia, así como el movimiento «Yo soy 132» en México; los diversos saqueos por el conflicto policial en distintas provincias en Argentina en 2013; y las diversas manifestaciones, con una fuerte carga contrainsurgente, en Venezuela en 2014. En este sentido, la territorialidad urbana, tanto como fenómeno particular de un sistema extractivista, como un objeto esencial de políticas post-extractivistas, toma una importancia completamente fundamental. Piénsese en qué suponen los debates sobre extractivismo en una Venezuela que tiene casi 90% de la población viviendo en ciudades.
Es esencial pues, comunicar y conectar espacios que aparecen desvinculados, luchas que parecen divorciadas ‒la lucha contra el extractivismo y la lucha por el derecho a la ciudad‒, no sólo porque la explotación del trabajo en las zonas urbanas, tiene su base material en la extracción masiva de naturaleza en el campo, sino también porque en este período neoliberal, de predominio de la acumulación por desposesión, las operaciones de extracción (S. Mezzadra) también se producen en las ciudades. Más allá de la explotación social del trabajo, el «extractivismo urbano» (E. Viale) [9] apunta también a la desposesión social de bienes comunes en las urbes, como lo vemos permanentemente en numerosas ciudades de América Latina, y de manera muy grosera y reciente en la Brasil del Mundial de Futbol [10] . Esta es una faceta del extractivismo sobre la que creemos hay que profundizar.

e) Extractivismo y el papel del China en América Latina
El avance de China en el mundo, y su vertiginoso posicionamiento en América Latina, que comienza a expandirse desde la década de 2000, ha abierto el debate sobre el papel geopolítico que tiene esta “potencia emergente” respecto a procesos soberanos y de “liberación” de los países de la región. Las dramáticas huellas que ha dejado y sigue dejando el imperialismo estadounidense en la historia latinoamericana, ha provocado una especie de justificación para que algunos países se cobijen cálidamente en los robustos brazos del gigante asiático.
Para Mónica Bruckmann, China retomaría el espíritu de Bandung de 1955 [11] ‒un espíritu anticolonial y de movimiento de países no alineados‒ y junto a la emergencia de los BRICS, abriría el camino para un proyecto de coexistencia global que nos llevará a un profundo cambio de paradigmas: del «choque de civilizaciones» hacia un nuevo enfoque de «alianza de civilizaciones» [12] . El propio presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, del país que tiene los nexos relativos más estrechos con China en toda la región, ha dicho que “por primera vez en la humanidad surge una nueva potencia no imperialista, ya eso es mucho" [13] .
Esta matriz de opinión de una «potencia no imperialista» o de la formación de un imperialismo amable, oculta cuatro factores fundamentales: a) no es posible ser una potencia en el sistema capitalista sin impulsar procesos de explotación y despojo a escala mundial, dado que el carácter intrínseco del capital es de naturaleza polarizante; b) la crisis sistémica global del capitalismo tensiona cada vez más a que los capitales mundiales hegemónicos (como los chinos) masifiquen formas de acumulación por desposesión ‒de ahí el carácter “correctivo” del neoliberalismo‒; c) el imperialismo no sólo opera por la vía militar, sino que cuenta con un muy diverso y sofisticado aparato biopolítico para garantizar sus procesos de control territorial y acumulación capitalista, incluyendo claro está el capital financiero [14] ; y d) habría que no sólo recordar los procesos de acumulación por desposesión que se dieron en la propia China, sus esquemas políticos domésticos, sus formas de externalización de costos sobre la naturaleza, que impulsaron el muy notorio crecimiento de su economía desde los 90; sino también los actuales mecanismos geopolíticos de posicionamiento de sus capitales a lo largo y ancho del mundo, para tener una idea de cómo opera la reproducción de esta potencia capitalista en auge, y si es posible que sea considerada un amable naciente imperio.
La repotenciación del extractivismo en América Latina tiene también la marca de China. La presión que ha ejercido el gigante asiático dirigiendo sus inversiones en muy buena medida hacia la extracción de materias primas, atenazándonos por la vía financiera, posicionando sus mercancías en nuestros vulnerables mercados [15] , y disputándose nuestros territorios geopolíticamente, ha tenido una poderosa influencia en las nuevas dimensiones de los sistemas y metabolismos extractivos de la región. El problema no es sólo con quiénes generamos alianzas estratégicas, sino tal vez primordialmente qué tipo de alianzas y bajo qué modelos las hacemos. Probablemente esta visión romantizada de algunos sobre nuestra relación con China sea, con el tiempo, cada vez más difícil de sostener.
f) Persiste el falso dilema desarrollo-ambiente
Un argumento que sigue teniendo fuerza para desacreditar la crítica al extractivismo es la supuesta oposición entre “desarrollo” y “ambiente”. Por supuesto, la forma como son presentadas estas dos variables, de manera cosificada y trascendental, oculta un patrón de poder biosocial. Lo que aparece como un problema de orden temporal ‒“en América Latina debemos llegar al estadio superior del desarrollo”‒, y que supondría un inevitable sacrificio de la naturaleza para alcanzar tan “ansiada” meta es, en términos de dominación geopolítica, un problema de orden geográfico.
La depredación sostenida del ambiente se justifica en el sentido de decir que se trata de una reivindicación de progreso para la gente en detrimento de la naturaleza, pero eso que se ha instrumentalizado como “ambiente”, en realidad es una relación ecosistémica de vida que además de “naturaleza”, implica al mismo tiempo la existencia de tierra y territorio. Por eso, en este proceso de dominación geográfica no sólo hay una degradación de biodiversidad, sino que también está involucrada una desterritorialización social que supone que la gente que habita esas áreas sufre los despojos que hacen posible el desarrollo, pierden el suelo que pisan, el agua y los frutos de la tierra de los que se abastecen directamente, y esto es algo que el ideal del progreso siempre ha querido ocultar.
En verdad no se trata de que la gente se enriquece en detrimento de un empobrecimiento de la naturaleza. La real polarización no es la de “desarrollo-ambiente”, sino una polarización colonial constitutiva que rige la División Internacional del Trabajo y la Naturaleza, y la división social y racial del trabajo (A. Quijano). Cuando hablamos de una dominación de orden geográfico, nos referimos a cómo el capital controla, administra y/o coopta el proceso metabólico de un territorio, que implica la síntesis indivisible de devastación ambiental y polarización social, en beneficio de una coalición de oligarquías globalizadas que por supuesto genera utilidades a las élites nacionales y a las burocracias de nuestros Estados extractivistas. Esta es la verdadera polarización a la que hay que atender. Así que el extractivismo, aunque prometa y prometa riqueza y desarrollo, siempre generará gente que se empobrece.
A esto hay que agregarle algo. El desarrollo de los capitalismo extractivos convierte a la naturaleza en renta, en dinero captado internacionalmente ‒algunos dicen que es la riqueza de las naciones‒, y el dinero capitalista es un mecanismo de dominación porque, entre otras cosas, genera una intermediación, que resaltamos en dos sentidos: a) configura una nueva territorialidad que gira en torno al mercado mundial, en el cual se va destruyendo o cooptando el vínculo directo que hay entre el trabajo, el territorio y el acceso a los bienes comunes, lo que obliga a la gente a requerir de la intermediación del dinero para acceder al consumo (que generalmente compra naturalezas procesadas de los despojos de otras partes del mundo); y b) en términos del sistema-mundo, la conversión de los bienes comunes territoriales en dinero, hace que la riqueza fluya acorde a los inmensamente desiguales mecanismos de distribución y transferencia de capital a nivel mundial [16] . El nivel máximo de este proceso internacional de despojo es la crisis de la deuda externa. En ambos sentidos de la intermediación, resalta la relación entre pobreza y dependencia. El extractivismo es un problema económico porque es un problema ecológico y geográfico también.
g) Extractivismo y producción de subjetividad
Poco se trabaja la dimensión cultural del extractivismo, el impacto que tienen estos sistemas, sus modelos políticos, en la producción de subjetividad. Venezuela es un buen ejemplo de cómo en la medida en la que el metabolismo biosocial de todo un país está más determinado por el extractivismo, este genera fuerzas muy influyentes en la producción de subjetividad, que incluso, como ha pasado en la Revolución Bolivariana, atentan contra los cambios de modelo y los procesos de transformación.
El antropólogo venezolano Rodolfo Quintero había nombrado desde principios de los años 70 a este proceso de producción de subjetividad en la Venezuela petrolera, la «cultural del petróleo», para hacer referencia a los diversos recursos materiales e inmateriales que producían este patrón de vida que “crea una filosofía de la vida para adecuar la población conquistada a la condición de fuente productora de materias primas” [17] . A partir de ahí muy poco se ha trabajado esta importante relación en la literatura política del país.
Desde este análisis metabólico que proponemos, un lugar común como la idea de que para superar nuestros principales males sociales hay que impartir una mejor educación, debe ser problematizada. Si se generaran tales procesos “educativos”, manteniéndose todos los procesos metabólicos propios de los capitalismos extractivos, que reproducen las formas culturales de estas subjetivaciones rentistas, difícilmente se podrían alcanzar tales objetivos ‒nuevamente, Venezuela es un buen ejemplo de ello‒. Por citar un ejemplo, los fenómenos de reprimarización de las economías latinoamericanas, producto de la abundante captación de la renta internacional de la tierra desde mediados de la década de 2000, con sus efectos perniciosos sobre los factores productivos, sobre el ensanchamiento artificial de los mercados internos por la vía de las importaciones, están en profunda relación con la necesidad de redimensionar este tipo de subjetivación cultural rentista. Se trata de un requerimiento metabólico de estos modos de acumulación extractivos respecto al ámbito cultural, que tiene sus modalidades territoriales en las zonas de los proyectos extractivos ‒en contra de culturas campesinas ancestrales, de pueblos indígenas‒, y en los complejos enclaves urbanos.
Los signos de un cambio de época en América Latina, los peligros de procesos masivos de despojo territoriales y degradación de la naturaleza en la región, y el impulso de teorías ad hocpara justificar la expansión del extractivismo, hace de estos debates espacios necesarios para el diálogo y la reflexión, en pro no sólo de insistir en la creación de caminos alternativos, sino de defender los comunes. Lo único que nos queda.
La Paz, septiembre de 2014
* Emiliano Teran Mantovani es investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos – CELARG
Fuentes consultadas
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- ZIBECHI, Raúl. Extractivismo en las grandes ciudades . La Jornada. Viernes 3 de mayo de 2013. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2013/05/03/opinion/027a2pol .
- ZIBECHI, Raúl. El capital financiero saquea Río de Janeiro . Viernes 27 de junio de 2014. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2014/06/27/opinion/021a1pol


[1] A diferencia de István Mészáros, cuando hablamos de metabolismo nos referimos al proceso biosocial que es la base donde se reproduce la vida, el cual se constituye como un tipo específico de régimen de territorialidad; de formas de procesamiento y asimilación de energía; de intercambios, consumo y producción biosociales; de tipos de narrativas y construcciones socioculturales; y de tipos de ocupación y ordenamiento territorial; determinados por factores geográficos y ecosistémicos, y estructuras de poder en las organizaciones humanas. El metabolismo hegemónico del sistema capitalista, jerarquiza al humano (principalmente al hombre occidental) por encima del resto de las especies de un ecosistema, alterando significativamente los ritmos y procesos de recuperación de la naturaleza.
[2] Cf. TERAN Mantovani, Emiliano. Las coordenadas urbanas del conflicto político actual en Venezuela .
[3] Los pocos datos existentes sobre el tema agrario en Venezuela no permiten arrojar a ciencia cierta una cifra, pero es innegable que este sesgo importador se ha agudizado en los últimos años, con rasgos que en algunos rubros como leguminosas, cereales, grasas, carne, huevos y leche ha alcanzado niveles muy peligrosos que podrían rondar entre 60 y 80%.
[4] “Recursos naturales, biodiversidad y medioambiente en UNASUR: una visión estratégica”, en: AMÉRICA Latina en Movimiento. Recursos y desarrollo: estrategias en la unión suramericana. p.9
[5] BRUCKMANN, Mónica. Recursos naturales y la geopolítica de la integración sudamericana. p.53
[6] Cf. GUDYNAS, Eduardo. Izquierda y progresismo ante la integración y la globalización.
[7] Véase: Rodríguez Araque, Alí. “UNASUR: una estrategia integral”, en: AMÉRICA Latina en Movimiento. Op.Cit. p.5
[8] En este sentido, y para el caso de Venezuela, recomendamos de la SOCIEDAD de Economía Política Radical. Guía rápida para comprender el ajuste que está y el ajuste que viene.
[9] Cf. ZIBECHI, Raúl. Extractivismo en las grandes ciudades .
[10] Sobre esto véase: ZIBECHI, Raúl. El capital financiero saquea Río de Janeiro .
[11] Cf. BRUCKMANN, Mónica. Recursos naturales y la geopolítica de la integración sudamericana. pp.131-135
[12] en: AMÉRICA Latina en Movimiento. Op.Cit. p.7
[13] En: AGENCIA Venezolana de Noticias (AVN). Maduro: Relación Venezuela-China ha alcanzado el nivel más avanzado de su historia .
[14] Nos preguntamos para el caso de Venezuela, ¿cómo leer, por ejemplo, que la calificadora de riesgo china Dagong Global Credit Rating Company, propiedad del Banco del Pueblo de China (una especie de banco central del país), rebajara en julio 2014 la calificación de deuda soberana de Venezuela de BB+ a BB- con “panorama negativo”, siendo el país al que más plata le prestan los bancos de desarrollo chinos en la región y uno de los países que más petróleo le vende al gigante asiático? Cf. CAMACHO, Carlos. Operación “Dagong”: Argentina, Chávez, China, default y Venezuela.
[15] Cf. TERAN Mantovani, Emiliano. Los rasgos del “Efecto China” y sus vínculos con el extractivismo en América Latina .
[16] Sobre esto, véase: MARTÍNEZ Alier, Joan. Argumentos económicos contra el extractivismo.
[17] QUINTERO, Rodolfo. Antropología del petróleo. p.46
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