lunes, 4 de abril de 2016

Los silencios de Obama





Resultado de imagen de Los silencios de ObamaCarente del don de la ubicuidad no pude ver directamente el singular espectáculo. Cuando visitó Cuba el Presidente Obama yo estaba en Mérida, Yucatán, celebrando un acontecimiento que, sin hipérbole, merece el calificativo de histórico: el aniversario XXV de los diarios Por Esto!

Decir la verdad día tras día, desenmascarar el engaño y la mentira, desafiar las amenazas y las presiones, derrotar el asedio y la censura que le imponen las corporaciones mediáticas y los grupos mafiosos, y hacerlo sin pausa durante veinticinco años, es una hazaña. Así es, literalmente, la labor de sus periodistas y trabajadores, como heroica ha sido toda la trayectoria de su director Mario Renato Menéndez.
Gracias a Por Esto! pude seguir paso a paso la visita presidencial y leer el texto íntegro, del discurso que Obama ofreció en el Gran Teatro Alicia Alonso y que todos los que estaban en la isla escucharon en vivo y en directo por la televisión nacional.
Tanto lo que dijo como lo que eludió decir y el modo de hacer ambas cosas, su “performance”, invitarían a mucho más que un comentario. En éste quisiera concentrarme sólo en un aspecto que tiene que ver con su empeño por ignorar el pasado y presentarse como un muchacho inocente que de nada es responsable, incluso ahora que concluye su segundo y último mandato como Presidente.
No me remontaré a tiempos remotos sino a un momento que sin duda él no ha olvidado: noviembre de 2008 cuando fue elegido por primera vez en una jornada que despertó ilusiones y esperanzas en millones de norteamericanos.
Aníbal Acevedo Vila, entonces Gobernador del “estado libre asociado” de Puerto Rico, le envió una carta pública pidiéndole algo elemental, al alcance de sus facultades administrativas y al mismo tiempo indispensable para cumplir su obligación constitucional. Acevedo le explicaba que el FBI había admitido poseer evidencias que mantenía ocultas sobre los asesinatos de dos jóvenes –Santiago “Chagui” Mari Pesquera y Carlos Muñiz Varela- en dos incidentes que en 1976 y 1979 estremecieron y aun conmueven a la sociedad boricua. En su misiva el Gobernador daba cuenta de las infructuosas gestiones para que la Agencia Federal norteamericana entregase esas pruebas a los tribunales.
Puerto Rico es un territorio colonial, sujeto a las decisiones de Washington, el Presidente es el Jefe Supremo del FBI y el recién electo no se cansaba de anunciar cambios fundamentales y aseguraba que Sí, que podían realizarse. Quizás ahora se pondría fin al encubrimiento.
Igual reclamo hicieron los familiares y amigos de los dos mártires y también lo han hecho organizaciones políticas y sociales, instituciones religiosas y culturales y los principales medios de comunicación.
Nadie recibió nunca respuesta alguna de la Casa Blanca. Tiempo después Obama fue a Puerto Rico en busca de dinero para su reelección pero ni siquiera mencionó el tema ni se reunió con ningún representante de la sociedad civil. En esa ocasión, por cierto, se le preguntó por la liberación de Oscar López Rivera, demanda unánime de todo Puerto Rico, y su respuesta, desentendiéndose del asunto, fue un insulto a la inteligencia humana
Chagui y Carlos eran muy jóvenes cuando fueron asesinados y aun reclaman justicia.
Obama es un apasionado de las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero no responde una petición que lo ha acompañado durante todo su mandato en la Casa Blanca.
Prefiere el silencio cómplice.

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