lunes, 17 de noviembre de 2014

Las amenazas de Estado Fallido sí serán televisadas

La Huelga General y lo que le sigue




Rebelión/Universidad de la Filosofía

Con 130 000 asesinados; con 300 000 desplazados… con Ayotzinapa ensangrentada y en vilo por los muertos y por los 43 desaparecidos, casi toda acción parece (sin serlo) corta, parece pequeña, parece inútil. Por eso en el grito de dolor y rebelión con que México clama Justicia y castigo para regresar vivos a los que vivos se llevaron, aparece el llamado a una Huelga General que, desde su origen, es herramienta y no fin en sí misma.
La Huelga General necesita de la clase trabajadora unida para mirar firmemente, cara a cara, al enemigo de clase y de su lucha. La Huelga General necesita del pueblo dispuesto al cambio, de los campesinos y de los estudiantes… de mujeres y hombres que en cualquier actividad sienten que su lucha es una sola, que es un proceso de consciencia apasionada y que con esa lucha cambiarán la historia toda de una vez o en una de su partes indisolubles. No es una tarea sólo de los “dirigentes” ni sólo de unos cuantos. La Huelga General nacida desde las raíces, es un programa, un estado de ánimo, una invocación a la inteligencia democrática y a la serenidad convertidas en firmeza, en claridad, en humor y en creatividad en el arte de batalla.
La Huelga General es un tesoro preciado en el arsenal teórico y práctico de la clase trabajadora y de los pueblos en lucha. El carácter revolucionario de la Huelga General no se detiene en la secuencia de los hechos que se verifican durante su desarrollo sino que se expande, nacional e internacionalmente, para convertir la experiencia, en experiencia viva de clase y en instrumento para fortalecer la corriente genuinamente revolucionaria de la Historia. Una de sus amenazas es la presencia asidua del parasitismo reformista y oportunista.
La Huelga General ha sido presa de todo género de descalificaciones y ataques, contra sus acciones y contra sus definiciones. Ha sido, incluso, agredida con todo tipo de espejismos y confusiones, algunas veces economicistas, otras veces burocratizantes y no pocas veces por la mano de la corrupción y la represión selectiva. Hemos visto hasta el hartazgo cómo se pudren los movimientos de Huelga sacrificados, también, por la crisis de dirección revolucionaria que aun se hace presente en todos los campos.
Hoy en México el llamado a Huelga General emerge de una visión que no contempla sólo a los episodios locales de Ayotzinapa, Tlatlaya, Iguala o Guerrero sino que penetra con su análisis de clase la estructura toda del neoliberalismo y sus mandatos desde Washington, para explicar la situación geopolítica de un país que ha visto cómo los gerentes del PRIANRD le arrebatan sus recursos naturales, su mano de obra y su inteligencia popular al servicio del imperio yanqui.
La Huelga General que se convoca, con sus mayores o menores fuerzas, debe tomarse con mucho respeto porque es un camino para resolver algunas necesidades de corto plazo (frenar la represión, construir herramientas con protagonismo popular para impartir Justicia, fijar condiciones democráticas para decisiones inmediatas…) necesidades de la clase trabajadora que entiende que se encuentra aun dentro de los límites del capitalismo y que es necesario cuidarse de toda conciliación con la burguesía y de las traiciones que suelen desatarse en contra de la lucha.
Esta Huelga, su convocatoria y sus métodos, debe ser incluyente y cuidadosa, incluso hay que cuidarse de la propaganda incendiaria ultra-izquierdista y de quienes ven a la Huelga como una mercancía electoral de coyuntura. La Huelga General no es un artificio discursivo ni un decreto voluntarista. No podemos separar la práctica de la Huelga General de la teoría del socialismo científico una vez que hemos visto pasar ante nuestros ojos mil amarguras y decepciones que nos desmovilizan y nos hacen perder tiempo. Un fracaso con esta Huelga, si ocurriera, debe ser nuestro pero jamás un triunfo de la oligarquía PRIANRD-TELEVISA.
Por eso el plan de lucha no puede agotarse con la Huelga. Una Huelga General no es patrimonio de “dirigentes” sino fuerza revolucionaria que expresa activamente esa conciencia que vive en las cabezas y en los corazones de todos aquellos que sienten con dolor y rabia las miles de injusticias que comente el capitalismo a diario contra sus vidas. Es necesario avanzar hacia una Asamblea Nacional, un frente único constituido abiertamente con todas las fuerzas activadas para asegurar claridad y limpieza a la dirección revolucionaria de la protesta. Ni reformismos ni oportunismos. En la Huelga General convocada para el 20 de noviembre en México deben vivir todos los caídos y todos los que están en pie. Debe expresarse la dignidad de la indignación ante los asesinatos de Estado y ante la impudicia del gobierno que pasea su fraude con todo cinismo hasta en los momentos más inoportunos.
La Huelga General que ronda las cabezas y los corazones, esa Huelga que a unos genera dudas y a otros genera esperanzas, necesita ir de la mano de una Asamblea Política Nacional, con voz internacionalista, y animada por los jóvenes que deben educarnos a todos con la lección de la claridad y la serenidad que a muchos hace falta a esta hora. Huelga y Asamblea necesitan limpiar el terreno y anular las discusiones secundarias y las inútiles. Necesitamos un acuerdo de las bases, de toda las bases, democráticas y sinceras, que exigen la renovación radical de las dirigencias en todas las instituciones y organizaciones políticas.
La Huelga General por sí sola es insuficiente porque no es milagrosa. Debe arrojar resultados y programas de acción muy dinámicos y democráticos, con alcances de intervención estructurales realmente profundos en la revolución completa de los paradigmas y no sólo de las formas. No hagamos una gran fiesta de la rebeldía, una celebración democrática de la rabia conciente y transformadora, para terminar dejándola en manos de nuestros verdugos y para que corrijan ellos el espanto macabro en que han hundido a nuestro pueblo mientras hacen los grandes negocios privatizadores. Ninguna amenaza de Peña Nieto puede contra la Huelga General ni contra sus alcances, por más que, distinto a su costumbre en Atenco, por ejemplo, diga ahora (como le ordenan decir desde Washington) que no quiere “hacer uso de la fuerza”. El único autorizado para usar la fuerza democrática es el pueblo soberano. ¡Vivos los queremos”

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Tango para tres: Li, Putin y Obama


La Cumbre de la APEC en Pekín


Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

La Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés) está ya en marcha. El subtexto de la reunión es la transformación de la política internacional y, el sub-subtexto, el acercamiento directo de Rusia y China en medio del dominio global militar-político-económico de EEUU, potencia hegemónica unilateral desde la II Guerra Mundial frente a una descentralización lentamente emergente, hasta hace muy poco, que sacude los cimientos del sistema del poder mundial e impulsa de forma rápida y veloz un cambio cualitativo hacia un nuevo juego de poderes en el que EEUU no es ya el centro exclusivo o el arquitecto-jefe del orden internacional. Obama, el tigre de papel, todo él sonrisas, se mete, por sus propias obras (el Pivote de Pacífico Ante Todo Y el Acuerdo Trans-Pacífico de Asociación Económica -TPP, por sus siglas en inglés-; la primera en un intento de cambiar los activos militares de la región, y la segunda, con un pacto negociado comercial que excluye a China) en el cubil del Enemigo Público Número 1 de EEUU: China. Desde luego, Rusia sigue de cerca a China como Número 2, y tanto Li como Putin estarán presentes en Pekín asistiendo a la cumbre. Putin tiene ya calado a Obama. Li casi. Me temo que no van a permitir que se una a su propio tango, el mismo que Obama y EEUU tratan de romper; tendrá que bailar cada vez más solo mientras el mundo va captando su rollo totalitario. (Reprende a Li por ciberespionaje en un intento de que se pase por alto la vigilancia masiva al pueblo estadounidense, ampliada al espionaje a los dirigentes extranjeros; reprende a Putin por Ucrania para cambiar de tema sobre la intervención de EEUU en Iraq y Afganistán, sobre las operaciones encubiertas de cambio de régimen –incluido el de Kiev- por todo el mundo, y por la guinda, los asesinatos con aviones no tripulados.)
Hay mucho sobre la mesa en Pekín, canapés de esferas de influencia, sopa de modernización nuclear (de letalidad mejorada), el plato principal a base de contrarrevolución de inspiración estadounidense y, de postre, la posibilidad de romper el control del FMI y del Banco Mundial en la configuración del desarrollo mundial con la propuesta del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura. En todos los casos, Obama va a encontrarse, para su propia frustración, con un frente unido de Li y Putin, que van a intentar arrancar el eje del poder de las manos de EEUU y Europa, con Rusia claramente mirando hacia oriente en respuesta al régimen de sanciones EEUU-UE, a las amenazas, bravatas y toda esa hostilidad a su alrededor. Europa necesita a Rusia más que Rusia necesita a Europa, mientras que a EEUU, al percibir que China se ha convertido en la primera potencia económica del mundo, sólo le cabe retorcerse sobre el militarismo, la agresividad en todas sus formas y quizá una comprensión furtiva y llena de zozobra de declive. Sea lo que sea lo que brotó del Siglo Estadounidense (American Century), ahora está todo muerto y enterrado sin pesar alguno (especialmente en Asia, Latinoamérica y quizá África).
Obama puede por tanto sonreír, dar palmaditas en el hombro, ponerse a charlar, pero representa un orden moribundo, amarrado al alambre de embalar de los tejemanejes financieros y liado en el envoltorio del poder militar. China puede permitirse ser un anfitrión caritativo y amable, pero eso sólo sirve para destacar el siguiente mensaje: EEUU tiene que dejar de volver el mundo del revés en beneficio propio, tiene que poner fin a los juegos y divertimentos de la CIA, a su control del sistema financiero internacional. Ya habéis tenido vuestros bombardeos estilo conmoción y pavor, vuestras masacres de My Lai, vuestros despliegues de contraterrorismo como medios para conseguir conformidad frente a la maquinaria bélica estadounidense, vuestro catastrófico record de distribución de la riqueza (que apenas se ajusta a la definición y expectativas de una sociedad democrática). Por tanto, ¿qué hay, Sr. Obama, es que va a ofrecer todo eso en la cumbre de la APEC? Qué poquita cosa, mientras que Asia, a pesar de sus acciones personales y la planificación geopolítica de su país, se está desarrollando con Rusia, que mira ahora hacia oriente con un espíritu de progreso cooperativo.
* * *
En cuanto al contexto, déjenme echar primero un vistazo al artículo de opinión de Nicholas Kristof en el New York Times: “A Changed China Awaits Mr. Obama” [Una China cambiada espera al Sr. Obama] (9 noviembre), Kristof, paradigma del humanitario en el periódico, que cada vez parece moverse más hacia la derecha. (“Humanitario”, como en la versión Samantha Power del humanitarismo liberal extrañamente conducente a la búsqueda del egoísmo estadounidense). Inmediatamente salta sobre China, su puñetazo a Xi es intercambiable con nuestra habitual demonización de Putin. Antes de la visita, “ya se han burlado” de Obama, afirmaba el estatal Global Times, “Ha hecho un trabajo insípido, sin ofrecer nada a sus partidarios. La sociedad de EEUU ha crecido cansada de su banalidad”. (Desearía haber dicho yo esa frase, pero el Global Times ¡me la ha pisado!). Y Kristof exclama: “¡Menuda bienvenida! El Global Times es a menudo gritón, pero ese tono refleja la forma en que el Presidente Xi Jinping está remolcando su régimen en una dirección nacionalista, firme y radical”. Como por ensalmo, nacionalista, firme y radical son términos descriptivos estándar aplicados también a Putin y Rusia, y, presumiblemente, a cualquiera que sea lo suficientemente grande como para llamar la atención si se cruza en el camino de EEUU. No hay que culpar a Kristof; está en el ADN del periodismo estadounidense actual. O estás con nosotros o contra nosotros, el etnocentrismo entretejido en la cultura política e ideológica de EEUU.
Lamentablemente, el artículo es también interesado: “Y hay algo un poco más personal: China no parece querer darme un visado”. Después recupera su aplomo, lo suficiente como para contraatacar: “Xi lleva dos años gobernando China y ha mostrado alguna inclinación por las reformas sociales y económicas. Hace dos años, pensé que Xi podría abrir las cosas un poco. ¡Chico, me equivoqué! En cambio, parece que Xi, cada vez más, puede profundizar con las reformas en algunas áreas, pero, ante todo, es un nacionalista nada sentimental que adopta una línea dura en múltiples frentes desafiando casi todo lo que Obama defiende”. (Eso no debería ser difícil de entender para cualquier persona en el continuo que va desde socialdemócratas a marxistas. Sin embargo, cuando uno se aproxima al Centrismo y después gira a la Derecha, es difícil desafiarle –y no hay razón para hacerlo así-. ¿Cuáles son esos múltiples frentes? Una postura agresiva respecto a las disputas marítimas en el Este de China y los Mares del Sur de China; represión de disidentes: Xu Zhiyong y Liu Xiaobo; y control de Internet. Uno no tiene que ser un apologista de la represión de la disidencia en China (Kristof tiene razón), pero ¿por qué ignorar lo que hay peor o igualmente malo en EEUU, como el Acta de Espionaje para perseguir a los denunciantes de Obama? Tal vez lo más grave, a juicio de Kristof, sea que China no lo está haciendo tan mal: “Xi da la impresión de ser tan arrogante y sentirse tan orgulloso de que China sea fuerte y esté progresando, que está dispuesto a meterle el dedo en el ojo a EEUU”.
Pobre Presidente de EEUU, las cartas se amontonan en su contra: “Todo esto supone un reto para Obama. EEUU no tiene muchos expertos en China en puestos importantes, y ni en Pekín ni en Washington hay muchos funcionarios que luchen para mejorar las relaciones”. Tenemos también una guerra cibernética, que no va a desaparecer. Kristof quiere que China “dé un paso adelante y juegue un papel constructivo [alaba mucho su trabajo sobre el Ébola en Liberia]… especialmente en la cuestión del cambio climático”. Pero, a fin de cuentas, parece estar listo para la confrontación: “Así pues, para aquellos de nosotros que amamos el Reino del Medio, es triste ver que con Xi se encamina hacia una línea represiva y nacionalista. Obama no puede cambiar China, pero demasiado a menudo ha comunicado debilidad en Oriente Medio y en Ucrania. En China, debería mantenerse firme”. ¿Comunicado debilidad? Aquí Kristof vuelve a la posición de partida sobre Rusia e, implícitamente, respecto al acercamiento entre Rusia y China, frente al cual Obama también debe mantenerse firme.
Peter Baker, el paradigma del sabio político del The New York Times, cuando está en vena, como parece ser el caso ahora, nos escribe un artículo “As Russia Draws Closer to China, U.S. Faces a New Challenge” [A medida que Rusia se acerca a China, EEUU se enfrenta a nuevos desafíos] (8 noviembre), que va directo al grano sobre la política de poder mostrando la preocupación de Washington sobre un posible punto de inflexión en la política mundial. Durante décadas, EEUU confió en que China y Rusia no iban a encontrar nunca terreno común suficiente para poder pergeñar un desafío colectivo ante la supremacía mundial estadounidense. Y con razón: Mao y Stalin estaban siempre enzarzados en luchas fratricidas por proclamas ideológicas rivales y una codiciada expansión territorial. Pero esa época ya pasó, no sólo por el cambio de dirigentes en ambos lados y por las trayectorias de desarrollo que contienen significativos elementos capitalistas en cada una de ellas, sino también porque EEUU, en su arrogante búsqueda de la supremacía global, ha actuado facilitando que las dos naciones se acercaran inevitablemente por la desconfianza xenófoba que EEUU siente hacia cualquier sistema social que no sea una réplica del suyo. La contención estadounidense hacia Rusia y China, de décadas de antigüedad y de hecho la piedra angular de su política exterior cristalizada en la Guerra Fría, tuvo siempre potencial para culminar en una guerra ante la que los otros dos países no podrían ser nunca indiferentes. Finalmente, el matrimonio entre el borscht y el chow mein, al igual que el cacareado matrimonio entre el hierro y el centeno de Alemania, tiene el predecible esplendor de anunciar una nueva configuración del poder en el escenario mundial.
Nada de esto aparece en el artículo de Baker (para suerte suya), excepto la preocupación estadounidense de que esa configuración se traduzca en el eclipse del poder de EEUU. De ahora en adelante, el unilateralismo global es una ideología quimérica. Sin embargo, la nación parece estar sorda como una tapia ante la realidad. Obama va a Pekín, escribe, “para renovar los esfuerzos de reorientar la política estadounidense hacia Asia”, donde Putin, “quien últimamente ha hecho tanto para que se sienta frustrado”, está también presente. Baker cita también al embajador ruso en Washington: “Vds. están pivotando hacia Asia, pero nosotros estamos ya allí”. (Debería añadirse que el giro de EEUU fue militar en sus inicios, y en gran media sigue aún siéndolo tanto en la concepción como en la práctica, mientras que el giro de Rusia es diplomático y económico, una relación fraternal en lugar de una de confrontación). Baker reconoce lo obvio, que Obama va a Asia “porque Rusia se acerca cada vez más a China”, lo que “representa un profundo desafío para EEUU y Europa”. Putin, “distanciado de Occidente a causa de Ucrania”, está en Pekín buscando “apoyo político y económico, tratando de CAMBIAR DRASTICAMENTE EL ORDEN INTERNACIONAL, fabricando una coalición que resista lo que ambos países consideran como arrogancia estadounidense”. (Las mayúsculas son mías)
Los funcionarios y los especialistas se muestran escépticos de que esa coalición sea viable, cuestión que ha motivado “un vigoroso debate en Washington”, pero otros piensan que “la administración Obama debería tomar en serio la amenaza de que Moscú esté buscando acuerdos energéticos, financieros y militares con Pekín, por orden de importancia, por ejemplo, adaptando a los ejércitos para una posición de defensa común. Kislyak, el embajador ruso en Washington, interpreta el giro como un cambio de dirección más amplio: “Estamos cada vez más interesados en nuestra región vecina en Asia. Son buenos socios para nosotros”. El reciente acuerdo sobre el gas natural entre los dos países es un anuncio de lo que está por venir en el futuro: “Es sólo el principio, y cada vez verán más y más proyectos entre nosotros y China”. Aquí, Baker tiene el buen sentido de reconocer que, desde la perspectiva estadounidense y en su política exterior, Rusia y China deben abordarse como temas interrelacionados: “El giro ruso hacia China necesita de un análisis más global que el que la Casa Blanca está haciendo con la política puesta ahora en marcha en relación con Moscú”.
Llegar a Moscú vía Pekín. No es ese el pensamiento de Baker, pero resulta evidente que sí es el de los asesores de la seguridad nacional. EEUU quiere su pastel y quiere comérselo, en oposición a lo que se llama “Putinismo… mientras sigue la búsqueda de silos de cooperación, especialmente en cuestiones como Irán, el terrorismo y la proliferación nuclear”. Necesitamos a esos tipos, pero sólo bajo las condiciones estadounidenses, la imaginería del silo –oída cada vez con mayor frecuencia en los círculos políticos- como almacén sellado por el que no circula el aire, sugiere la cuestión de la compartimentación aunque dejando intacto el statu quo/contexto global. Lo ideal para ellos sería una continuación de la Guerra Fría, aunque por invitación; apoyaríamos las causas que consideráramos apropiadas, sin hacer promesas ni manifestar deseo alguno de trabajar por unas mejores relaciones. (Del mismo modo que la política de ocupación israelí acepta una ocasional cooperación con los palestinos cuando Israel lo considera necesario pero confinando a la gente en un silo más amplio cuya situación no cambia.)
¿Y qué hay de Rusia? “Aunque no hay mucha divergencia de opinión dentro de la administración sobre cómo considerar a Putin”, escribe Baker, “se está debatiendo qué hacer”. El alcance del desacuerdo es absurdamente pequeño: compromiso frente a contención (desde luego, la última contiene un fuerte elemento del primero), aunque Baker no se da cuenta; a nivel operacional, “el problema principal es cómo la disputa alrededor de Ucrania va a definir la relación y va a afectar a otras áreas donde los dos países comparten intereses”. Pero si eso es así, si la prioridad es Ucrania, entonces el Equipo de Obama (Brennan, Rice, Power y sus homólogos del ejército) han estado cavando resueltamente en aras a la Gran Confrontación. Y ahora, “dentro de la administración, los esfuerzos de Putin para llegar a acuerdos con China se consideran un golpe a Washington”. ¿Qué otra cosa podrían ser si no? Aunque la palabra “golpe” subestima la realidad. En Washington todavía no se lo acaban de creer: la relación entre Rusia y China está “cargada de una historia complicada, desconfianza mutua y subyacente disparidad económica, todo lo cual la hace finalmente insostenible”. Alguien de dentro (como es normal, de forma anónima) ha comentado: “Se utilizarán uno a otro. Y cuando uno de ellos se canse o vea un negocio mejor [¿dónde?] se largará”. ¡Eso quisieras tú, cínico proverbial!
En realidad, algunos académicos estadounidenses encuentran potencial para un buen acuerdo. Gilbert Rozman, de Princetown, que escribió “El desafío chino-ruso ante el Orden Mundial”, afirma, “Hay muchas evidencias de que la relación está fortaleciéndose… [empezó antes de lo de Ucrania y ahora existe el] sentimiento de que no hay vuelta atrás”. Graham Allison, de Harvard, especula, sobre la relación Li-Putin: “Puede apreciarse que hay química personal entre ellos. Se gustan y pueden relacionarse bien entre sí. Hablan entre ellos con franqueza y con un nivel de cooperación que no encuentran en otros socios”. Y ahora el meollo del asunto: en mayo, en el tiempo en que EEUU y la UE imponían sus sanciones, Putin negociaba un acuerdo de tres años por valor de 400.000 millones de dólares para suministrar gas natural a China y, en octubre, el premier chino, Li Keqiang, “firmó un paquete de 38 acuerdos en Moscú, que incluía uno de canje de divisas y un tratado fiscal”. Y la pasada semana, Putin anunció que están trabajando con China en otro acuerdo sobre el gas. China es ahora el mayor socio comercial de Rusia. Sergei Rogov, del Instituto para Estudios de EEUU y Canadá de Moscú, resume para nosotros: “La campaña de sanciones económicas contra Rusia y las presiones políticas están alienando a Rusia de Occidente y empujándola hacia China. En Rusia perciben a China como sustituta de los créditos y la tecnología de Occidente”.
En honor de Baker hay que decir que también ofrece argumentos racionales sobre los aspectos negativos del acuerdo, en especial la gran desventaja económica para Rusia: “En Moscú, algunos temen que Rusia, por debilidad, se haya convertido en un socio menor de una China en ascenso. Aunque China es ahora el socio comercial más grande de Rusia, Rusia es sólo el décimo socio de China, y EEUU sigue siendo el primero. Además, las grandes compañías estatales rusas pueden hacer ofertas, pero China no puede sustituir a Europa en la mayoría de las corporaciones y bancos, porque en China no se ha desarrollo un mercado de bonos comerciales para extranjeros similar a los eurobonos”. Sin embargo, de nuevo el embajador Kislyak: “Dado que EEUU y la UE, como socios a largo plazo, están presentándoles problemas, le ha llegado el turno a China: ‘Confiamos en ellos y esperamos que China confíe en nosotros’”. Después de Pekín, tenemos también la reunión del G-20 en Brisbane, donde Obama y Putin estarán de nuevo presentes: la TPP de Obama, que excluye tanto a Rusia como a China, no se ha creado para aliviar sentimientos o engendrar respeto.
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En esta evaluación preliminar de la APEC y las futuras relaciones entre las Tres Potencias, me vuelvo al artículo de los periodistas del Washington Post David Nakamura y Steven Mufson: “Obama, Xi to meet in Beijing amid political and economic strains” [Obama y Xi se reúnen en Pekín entre tensiones políticas y económicas] (9 noviembre), en el que se muestran fríamente realistas cuando describen los previstos fuegos artificiales de la apertura: “Pero hay poco que celebrar. En los 18 meses transcurridos desde que se reunieron por vez primera Obama y Xi”, los dos países “se han enfrentado uno a otro por la seguridad asiática, las reclamaciones territoriales, el ciberespionaje económico y la oposición estadounidense a la propuesta de China de un nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructura”. Esta última, sobre la que se pasa a menudo por encima, revela no sólo las presiones estadounidenses en nombre del Banco Mundial y el FMI, sino también un remedio parcial para las preocupaciones empresariales rusas sobre las instituciones financieras desarrolladas en China. Y llegan directamente a lo crucial: “Por debajo de estos problemas, yace una cuestión más importante que plantea cómo EEUU va a adaptarse a una China más próspera y abierta, y si el ascenso de China va a chocar contra EEUU y sus aliados en el Pacífico o si todas las naciones saldrán beneficiadas”.
El ajuste vía militar y expansión comercial no es ajuste, la expectativa de beneficios universales desafía el paradigma estadounidense de penetración comercial, financiera e industrial, con la que EEUU busca superar a China y a todos los que aparezcan de un modo poco realista, porque en una miríada de mercados en Asia y en todo el mundo, China ha superado ya a EEUU. Los periodistas no son excesivamente optimistas acerca de la cumbre de la APEC, señalando: “Recientemente han aparecido en los blogs y en los medios estatales toda una serie de artículos desagradables sobre las fuerzas extranjeras que han animado el ambiente político”. No obstante, ven que ambas partes se están esforzando de buena fe (por ejemplo, la administración de EEUU no apoyó abiertamente a los manifestantes de Hong Kong) y en China se han silenciado las críticas a Obama; las elecciones de medio mandato han reducido su talla política pero se considera que aún tiene cierto peso en la política exterior. Hay que evitar, dicen, los malentendidos semánticos, el uso de “pivote hacia Asia” lo han interpretado los chinos (pienso que correctamente) como una provocación de guerra, por tanto, la administración Obama tiene ahora una nueva frase, “reequilibrio” estratégico de la región. ¿Por qué no? Y la luna está hecha de queso verde.
La idea de Obama de lograr un equilibrio entre “reconciliación y firmeza” parece un galimatías de las condiciones anteriores (el mismo efecto de silo): Haz tu parte en lo del Ébola, pero no desafíes el poder estadounidense en sus diversas formas y en ningún lugar del mundo. Sí, China se muestra firme; pero al habérsele asignado un estatus de grado menor que contradice la dinámica global dominante, su propio ascenso, y el declive estadounidense, hace que la situación propicie que puedan desafiar al poder estadounidense. El año pasado por esta época, la ex Secretaria Rice, en una charla en Georgetown, dejaba claras las gradaciones de un poder aceptable, EEUU debía gestionar “una inevitable competición a la vez que debía llegar a una cooperación más profunda en las cuestiones donde nuestros intereses convergen”, i.e., China como gran recadera para mantener a raya a Irán y Corea del Norte. No es sorprendente que dos días después de esa charla, China surcara los cielos anunciando una zona de defensa aérea sobre las Islas Senkaku en el Mar Oriental de China, que notificó a Japón y Corea del Sur para que comprendieran que China tenía la plena intención de actuar en defensa de sus intereses (su audiencia real era por supuesto EEUU), a lo cual EEUU, como respuesta, envió a la zona dos B-52. La fricción entre los dos países no va a disiparse con la exhibición de fuegos artificiales de la pasada noche, pero el punto interesante, con EEUU sin duda rechinando los dientes, es el amistoso encuentro Xi-Abe, posiblemente preparado desde hace mucho tiempo en el APEC, frustrando la estrategia estadounidense de divide y vencerás entre Japón y China.
Los periodistas indican que en abril, cuando Obama visitó Tokio, a pesar de que no adoptó una posición sobre la disputada soberanía de las islas, subrayó que EEUU “iba a defender a Japón de cualquier ataque en virtud de su prolongado tratado de seguridad, siendo la primera vez que un presidente estadounidense dijo eso”. Es precisamente este pescar en aguas revueltas (perdón por el juego de palabras) el que puede hacer que la creciente influencia de China en la región pueda poner un punto final a todo eso. No obstante, intuyo que este ojo por ojo esconde otras cuestiones subyacentes. Aunque el comercio bilateral EEUU-China es de unos 562.000 millones de dólares, EEUU utiliza como prueba de buena conducta internacional la aceptación del Banco Mundial y el FMI (a fin de estructurar a su favor el comercio, las finanzas) mientras China no oculta que etiqueta a esas instituciones de “agentes de EEUU que persiguen mantener las ventajas de Occidente”. Que Obama aparezca en la APEC con la TPP en el bolsillo, que excluye a China, es pura desfachatez.
No soy un determinista económico de la vieja escuela sino que me siento intrigado por el banco propuesto y lo que pueda significar para socavar el poderío y la influencia de EEUU en la región. Nakamura-Mufson parecen haberlo captado. Escriben: “El mes pasado, China aventajó a EEUU como la mayor economía mundial pero Pekín se siente frustrado por el fracaso de EEUU a la hora de darles una voz mayor en el FMI, donde sólo cuenta con un 3,81% de la cuota de voto, menos aún que Francia”. Para un imperialista/colonialista estadounidense, Francia puede parecerle más grande y más importante que China, pero en lo que yo percibo, el APEC, al ser meramente sintomático, es, como en la frase citada con mayúsculas con anterioridad, el transformador del orden internacional en perspectiva y en la agenda histórica, exactamente lo que EEUU más teme y bien poco puede hacer para cambiar eso, a excepción de actuaciones militares extravagantes. El fin del Imperio Estadounidense: una perspectiva excitante para gran parte del resto del mundo, incluso para algunos “amigos y aliados” forzosos de EEUU. He ahí, pues, que ante tal actitud displicente (el FMI es un barómetro especialmente sensible de las valoraciones de la política estadunidense: quiénes son los chicos buenos y los chicos malos), China contraataca: “En respuesta, Pekín trata de establecer sus instituciones multilaterales propias, ante todo un nuevo banco asiático de infraestructura con sede en Pekín, financiado inicialmente por China con 50.000 millones de dólares.
Con tanto crujir de dientes espero que el siguiente paso no sea provocar deliberadamente una guerra. Se cita a un funcionario japonés diciendo (en cierto modo, la imagen especular de lo que EEUU ha logrado hacer, agudizar la rivalidad entre EEUU y China): “La idea del banco es que China ayudaría al desarrollo, pero lo que realmente quieren es que el banco proyecte una Asia organizada por China”. (Los chinos están demostrando ser estudiantes aplicados de la política estadounidense.) Las cosas se mueven rápido. “El 24 de octubre”, escriben, “China firmó un memorándum con 21 países, excluyendo a Corea del Sur, Australia e Indonesia, para establecer el banco de inversiones para infraestructuras. La Australian Financial Reviewinformaba de que Kerry había pedido personalmente al Primer Ministro australiano Tony Abbott QUE DEJARA FUERA A AUSTRALIA”. (Las mayúsculas son mías.) Kerry, siervo obediente del poder. Los periodistas: “Pero muchos expertos dicen que la administración Obama está emprendiendo una batalla perdida”. Y citan a Wing Thye Woo de UC, Davis, quien hace esta observación de sentido común: “Para el Tesoro estadounidense ir a decirle a la gente que no haga lo va en beneficio de sus intereses es como dispararse uno mismo en el pie”. Obama haría bien en llevar suelas gruesas en Pekín.
Un punto final: Obama aterrizó en Pekín poniéndose manos a la obra respecto a su desafío inmediato, cómo abrir por la fuerza el mercado chino a las empresas estadounidenses. (Señor de la estupidez, ¿no te da vergüenza?) El TPP, al excluir a China, algo obviamente imposible según los rumores, por tanto, según el artículo de Marc Landler del New York Times “Obama Arrives in China on Trip With Complex Agenda” [Obama se va de viaje a China con una agenda compleja] (10 noviembre): “El principal objetivo comercial de Obama respecto a los chinos será un nuevo tratado bilateral de inversiones entre los dos países. Los economistas dicen que podría ser la apertura más importante del mercado chino para las empresas estadounidenses desde que China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio en 2001”. Un acuerdo unilateral, una desfachatez a la máxima potencia. Los empresarios estadounidenses ven el tratado como una prueba de las intenciones de Xi. “Sería necesario que los chinos”, escribe Landler, “abrieran docenas de mercados sensibles, algunos de los cuales permanecen cerrados a las empresas estadounidenses o exigen socios chinos”. El Consejo Empresarial EEUU-China, puede que sea la nueva pareja de baile de Obama en caso de que se quede solo en Pekín.
Mi comentario sobre el artículo de Kristof en el New York Times, de la misma fecha, prosigue:
“Me siento decepcionado de que China invitara a Obama, sobre todo tras su ‘pivote’ de activos militares hacia el Pacífico, una indicación muy clara de que EEUU trata de contener y aislar, cuando no desmembrar, a China (precisamente la misma política que aplica a Rusia). EEUU ha adoptado una posición hostil hacia China, como animar al Primer Ministro Abe a rearmarse en contra de lo que dice la Constitución japonesa. Las maniobras conjuntas EEUU-Filipinas van también dirigidas contra China, al igual que los esfuerzos para coordinar políticas con Australia, el mismo objetivo.
EEUU busca la confrontación, convirtiendo en farsa la visita de Obama. Xi debería adoptar la misma actitud escéptica de Putin hacia EEUU, y con Putin buscando una estructura global descentralizada desaparecerá la hegemonía global unilateral de EEUU que hemos estado viendo. Obama no tiene posibilidades ni para la guerra ni para la intervención. Estoy seguro de que China se da cuenta de ello y está dispuesta a hacerle el vacío para que no alberguen la idea de considerarla como una presa fácil de la política internacional (la apertura que persigue no es más que renovar tensiones). La prueba de la visita del pasado lunes es si renunciará o no al TPP, a lo que no está dispuesto. El comercio, para Obama, no es más que una modalidad de cerco).” 

Normal Pollack ha escrito sobre Populismo. Centra sus trabajos en la teoría social y en el análisis estructural del capitalismo y del fascismo. Puede contactarse con él en:pollckn@msu.edu

sábado, 15 de noviembre de 2014

No hay diferencia entre narco, burguesía y élites


El 
negocio de las drogas está en sintonía con la financierización de la economía global



Propongo que dejemos de hablar de narco (narcotráfico o tráfico de drogas) como si fuera un negocio distinto a otros que realizan las clases dominantes. Atribuir los crímenes a losnarcos contribuye a despolitizar el debate y desviar el núcleo central que revelan los terribles hechos: la alianza entre la élite económica y el poder militar-estatal para aplastar las resistencias populares. Lo que llamamos narco es parte de la élite y, como ella, no puede sino tener lazos estrechos con los estados.
La historia suele ayudar a echar luz sobre los hechos actuales. La piratería, como práctica de saqueo y bandolerismo en el mar, jugó un papel importante en la transición hegemónica, debilitando a España, potencia colonial decadente, por parte de las potencias emergentes Francia e Inglaterra. La única diferencia entre piratas y corsarios es que éstos recibíanpatentes de corso, firmadas por monarcas, que legalizaban su actuación delictiva cuando la realizaban contra barcos y poblaciones de naciones enemigas.
Las potencias disponían así de armadas adicionales sin los gastos que implicaban y conseguían debilitar a sus enemigos tercerizando la guerra. Además, utilizaban los servicios de los corsarios sin pagar costos políticos, como si los destrozos que causaban fueran desbordes fuera del control de las monarquías, cuando en realidad no tenían la menor autonomía de las élites en el poder. La línea que separa lo legal de lo ilegal es tenue y variable.
Encuentro varias razones para dejar de considerar a los narcos como algo diferente de la burguesía y del Estado.
La primera, es histórica. Es bien conocido el caso de Lucky Luciano, jefe de la Cosa Nostra preso en Estados Unidos. Cuando las tropas estadunidenses desembarcaron en Sicilia, en 1943, para combatir al régimen de Mussolini, contaron con el apoyo activo de la mafia. El gobierno de Estados Unidos había llegado a un acuerdo con Luciano, por el cual éste movilizó a sus partidarios a favor de los aliados a cambio de su posterior deportación a Italia, donde vivió el resto de su vida organizando sus negocios ilegales.
Los mafiosos eran, además, fervientes anticomunistas, por lo que fueron usados en el combate a las fuerzas de izquierda en el mundo y como fuerza de choque contra los sindicatos estadunidenses.
En segundo lugar, la superpotencia utilizó el negocio de las drogas en su intervención militar en el sureste de Asia, en particular en la guerra contra Vietnam. Pero también a escala local, en el mismo periodo, para destruir al movimiento revolucionario Panteras Negras. En ambos casos la CIA jugó un papel destacado. Sobre estos dos primeros puntos hay decenas de publicaciones, lo que hace innecesario entrar en detalles.
En tercer lugar, Colombia ha sido el principal banco de pruebas en el uso de las bandas criminales contra las organizaciones revolucionarias y los sectores populares. Un informe de Americas Watch de 1990 establece que el cártel de Medellín, dirigido por Pablo Escobar, atacaba sistemáticamente a líderes sindicales, profesores, periodistas, defensores de los derechos humanos y políticos de izquierda, particularmente de la Unión Patriótica (Americas Watch, La guerra contra las drogas en Colombia, 1990, p. 22).
A renglón seguido destaca que los narcotraficantes se han convertido en grandes terratenientes y, como tal, han comenzado a compartir la política de derecha de los terratenientes tradicionales y a dirigir algunos de los más notorios grupos paramilitares.
Este es el punto clave: la confluencia de intereses entre dos sectores que buscan enriquecerse y mantener cuotas de poder, o adquirir más poder, a costa de los campesinos, los sectores populares y las izquierdas. Todo indica que la experiencia colombiana –en modo particular, la alianza de los narcos y los demás sectores de las clases dominantes– está siendo replicada en otros países como México y Guatemala, y está disponible para aplicarla donde las élites globales lo crean necesario. De más está decir que esto no podía hacerse sin el concurso de la agencia antidrogas estadunidense, así como de sus fuerzas armadas.
En cuarto lugar, hace falta comprender que el negocio de las drogas forma parte de la acumulación por desposesión, tanto en su forma como en su contenido. Funciona como una empresa capitalista, como una actividad económica racional, como concluye el libro Cocaína & Co., de los sociólogos colombianos Ciro Krauthausen y Luis Fernando Sarmiento (Tercer Mundo Ediciones, 1991). Tiene algunas diferencias con los demás negocios capitalistas, sólo por tratarse de una actividad ilegal.
La violencia criminal, considerada a veces como demencial, es el argumento que suelen utilizar los medios y las autoridades para enfatizar los aspectos especiales del negocio de las drogas. Es tan falso como lo sería atribuir un carácter criminal al cultivo y comercialización de bananas porque en diciembre de 1928 fueron asesinados mil 800 huelguistas que trabajaban en la United Fruit Company en la Ciénaga de Santa Marta, norte colombiano. Algo similar podría atribuirse al negocio minero o al petrolero, manchados de sangre en todo el mundo.
El negocio de las drogas está en sintonía con la financierización de la economía global, con la cual confluye a través de los circuitos bancarios donde se lavan sus activos. Es bueno recordar que durante la crisis de 2008 el dinero del narco mantuvo la fluidez del sistema financiero, sin cuyos aportes hubiera padecido un cuello de botella que habría paralizado buena parte de la banca.
Por último, eso que mal llamamos narco tiene exactamente los mismos intereses que el sector más concentrado de la burguesía, con la que se mimetiza, que consiste en destruir el tejido social, para hacer imposible e inviable la organización popular. Nada peor que seguir a los medios que presentan a los narcos como forajidos irracionales. Tienen una estrategia, de clase, la misma a la que pertenecen.

viernes, 14 de noviembre de 2014

La gran división



Carta Maior

Traducido para Rebelión por Antoni Aguiló y José Luis Exeni


Las elecciones de Brasil suscitaron una gran atención en los medios de comunicación a nivel mundial. En gran medida, estos hicieron una cobertura hostil de la candidata Dilma Rousseff, en lo que fueron celosamente acompañados por los “grandes media” brasileños. El paroxismo del odio contrario al PT llevó a una revista de amplia circulación, Veja, a encaminarse por una vía probablemente ilegal. El New York Times en ninguna ocasión se refirió a la candidata del PT sin el epíteto de “exguerrillera”. Con la misma inconsistencia de siempre, no se le ocurriría a este periódico, o a tantos otros que siguen su línea, referirse a la “excomunista” Ángela Merkel o al “exmaoísta” Durão Barroso, o incluso al “comunista” Xi Jinping, presidente da China. Los intereses que sustentan a esta prensa corporativa esperaban y querían que la candidata del PT fuese derrotada. El terrorismo económico de las agencias de rating, de The Economist, del Financial Times y de la bolsa de valores buscó condicionar a los electores brasileños y asumió una virulencia sorprendente, tomando en cuenta la moderación del nacionalismo desarrollista brasileño y el hecho evidente de que son sobre todo factores mundiales (léase, China) los que afectan el ritmo de crecimiento de países como Brasil.
¿Por qué razón tanta y tan desesperada hostilidad?
Los factores externos: la nueva Guerra Fría
Hay razones externas e internas que solo parcialmente se sobreponen. Por ello la necesidad de analizarlas por separado. Las razones externas son mucho más profundas que el mero apetito del capital internacional por las grandes privatizaciones del presal y de Petrobras, o que la violencia de la respuesta del capital financiero ante cualquier límite a su voracidad, por muy moderado que sea. Brasil es hoy el ejemplo internacionalmente más importante y consolidado de la posibilidad de regular el capitalismo para garantizar un mínimo de justicia social e impedir que la democracia sea totalmente capturada por los dueños del capital, como sucede hoy en Estados Unidos y está ocurriendo un poco en todas partes. Y Brasil no está solo. Solo es el país más importante de un continente donde muchos otros países (Venezuela, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Uruguay) buscan soluciones con la misma orientación política general, aunque diverjan en la dosis de nacionalismo o de populismo (tal y como Ernesto Laclau, no condeno en bloque ni a uno ni a otro). Además, estos países han procurado construir formas de solidaridad regional que no pasan por la bendición norteamericana, al contrario de lo que sucedía antes.
¿Cuál es el significado global de esta rebeldía? Ella configura una nueva Guerra Fría. Una Guerra Fría ya no entre el capitalismo y el socialismo, sino entre el capitalismo neoliberal global, sin vestigio nacionalista o popular, y el capitalismo con alguna dimensión nacional y popular, o capitalismo socialdemócrata o socialdemocracia capitalista. Este último capitalismo puede asumir muchas formas y puede llegar a estar presente tanto en Rusia como en China, en India o en África del Sur, o sea, en los llamados BRICS. El fin de la Guerra Fría histórica no fue solo el fin del socialismo en su versión histórica; fue también el fin de la socialdemocracia europea, la única entonces existente, pues a partir de ese momento el capitalismo se sintió liberado de su obligación de sacrificar sus lucros inmediatos para garantizar la paz social siempre amenazada por la existencia de una alternativa potencialmente más justa. En ese momento terminó el capitalismo del breve siglo XX y se buscó reconstruir El Dorado, más mítico que real, de la acumulación del siglo XIX. Fue entonces solemnemente declarado el fin de la historia y la ausencia de alternativa al capitalismo neoliberal.
Fue así que la Guerra Fría desarmó a la socialdemocracia europea. Pero, contradictoriamente, hizo posible la emergencia de la socialdemocracia latinoamericana. No olvidemos que América Latina fue una de las grandes víctimas de la Guerra Fría histórica. Durante este periodo, el capitalismo solo hacía concesiones socialdemócratas en Europa, pues a ello obligaba la tragedia de dos grandes guerras. Fuera de Europa, en cambio, las zonas de influencia del capitalismo eran tratadas con la máxima violencia para liquidar cualquier posibilidad de alternativa. Esa violencia contemplaba guerra financiera, ajuste estructural, desestabilización social y política, e intervención militar. En África, todos los países que pretendieron una solución socialista fueron puestos en orden, desde Gana a Tanzania y Mozambique. En América Latina, el “patio trasero” del Imperio, Cuba había sido una distracción imperdonable. La respuesta fue inmediata. Como decía poco tiempo después de la Revolución cubana el enviado de Fidel Castro a varios países de América Latina, Regis Debray, los Estados Unidos aprendieron más rápidamente la lección de Cuba que la izquierda latinoamericana. También aquí los mecanismos de intervención fueron varios, unos menos violentos que otros, de la Alianza para el Progreso a las dictaduras brasileña, chilena y argentina.
La osadía de América Latina en los últimos quince años consistió en construir una nueva Guerra Fría, aprovechando, como en la anterior, un momento de flaqueza del capitalismo hegemónico. Entrampado desde los años noventa del siglo pasado en el Oriente Medio para saciar el insaciable complejo industrial militar y su avidez de petróleo, el Imperio dejó que avanzasen en su patio formas de nacionalismo y de populismo que, al contrario de las anteriores, ya no buscaban las exiguas clases medias urbanas, sino la gran masa de los excluidos y marginados. Tenían, pues, una fuerte vocación de inclusión social. Esta emergencia fue también posible gracias a un descubrimiento copernicano hecho por un gran líder mundial llamado Lula da Silva. Ese descubrimiento, simple como todos los descubrimientos genuinos, consistió en ver que el ímpetu democratizador que venía desde la lucha contra la dictadura había preparado a la sociedad brasileña para una opción moderada por los pobres, como el mismo Lula en sus orígenes. Se trataba de una opción que la Iglesia católica había asumido durante un tiempo y luego abandonó cobardemente. No se trataba de socialismo, sino tan solo de un capitalismo sujeto a algún control político con el objetivo de realizar políticas de Estado relativamente desvinculadas de los intereses directos e inmediatos de la acumulación capitalista. Este descubrimiento transformó la naturaleza de la hegemonía en Brasil y se convirtió rápidamente hegemónica en el continente. Digo hegemónica porque los propios adversarios tuvieron que usar sus términos para boicotearla y porque su vocación inclusiva se expandió rápidamente hacia otras áreas, especialmente a la inclusión étnico-racial. La sociedad brasileña se hacía más inclusiva en el preciso momento en que se reconocía no solo como sociedad injusta, sino también como sociedad racista, y se disponía a minimizar tanto la injusticia social como la injusticia histórica étnico-racial.
El hecho de que este descubrimiento no haya quedado confinado a Brasil y se haya propagado a otros países, cada uno con trazos específicos de sus trayectorias históricas, combinado con el hecho de que en otros continentes, por otras vías, surgieron formas convergentes de rebeldía al capitalismo neoliberal supuestamente sin alternativa, dio origen a una nueva Guerra Fría. Esta sufriría un golpe fuerte si el país que más avanzó en este campo decidiese volver al redil neoliberal y se comportara como un buen rebaño, tal como está sucediendo en Europa, que durante algún tiempo resistió al destino que le fue dictado por la caída del Muro de Berlín.
De ahí la enorme inversión hecha para derrotar a la presidenta Dilma. Al final, el descubrimiento brasileño reveló una vitalidad que, quizá, ni sus propios protagonistas esperaban. Pero obviamente no se espere que el capitalismo neoliberal global desista. Se siente suficientemente fuerte para no tener que convivir con el statu quo europeo anterior a la caída del Muro. Recurrirá pues al boicot sistemático de la alternativa, por más moderada e incompleta que sea. Tal vez no incluya las formas más violentas que en el pasado llevaron a intervenciones de “cambio de régimen” en países grandes de América Latina y que hoy se limitan a países pequeños como Haití (2004), Honduras (2009) y Paraguay (2012). Serán acciones de desestabilización social y política, aprovechando el descontento popular, financiando ONG con posiciones “amigas”, proveyendo consultoría técnica para el control de las protestas, y así obteniendo informaciones cruciales. Esta intervención será más evidente en países como Venezuela y Argentina, dada la urgencia de poner fin al antiimperialismo chavista o peronista. Pero en todos los países con gobiernos de centroizquierda se esperan acciones de desestabilización interna.
Los factores internos: el colonialismo interno
Como señalé, la superposición entre los factores externos e internos existe, aunque no sea total. La agresividad de los grandes medios de comunicación, la desesperación que llevó a algunos de ellos a cometer actos probablemente criminosos, se asienta en el interés de la gran burguesía por recuperar el control pleno de la economía y obtener los lucros extraordinarios de las privatizaciones a ejecutar. En esa medida, la gran burguesía brasileña brasilera no es más que el brazo brasileño de una burguesía transnacional bajo la égida del capital financiero. No habiendo sido capaz de derrotar a la candidata del PT, seguirá presionando abiertamente (y es probable que tenga éxito) para que se conforme un equipo económico instalado en el corazón del gobierno que satisfaga los “imperativos de los mercados”.
Este brazo brasileño del capital transnacional arrastró consigo importantes sectores de la clase media tradicional e incluso de la nueva clase media, que es un producto de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT. Y también estos sectores asumieron el discurso de la agresividad que convierte al adversario en enemigo. Este discurso no puede explicarse únicamente por razones de clase. Hay factores que son específicos de una sociedad forjada en el colonialismo y la esclavitud. Son funcionales a la dominación capitalista, pero operan a través de marcadores sociales, formas de subjetividad y sociabilidad que poco tienen que ver con la ética del capitalismo weberiano. Se trata de la línea abismal que separa al pobre del rico y que, por estar lejos de ser sólo una separación económica, no puede ser superada con medidas económicas compensatorias. Puede, por el contrario, ser intensificada por ellas.
Desde la óptica de los marcadores sociales colonialistas, el pobre es una forma de subhumanidad, una forma degradada de ser que combina cinco formas de degradación: ser ignorante, ser inferior, ser atrasado, ser vernáculo o folklórico y ser perezoso o improductivo. El rasgo común a todas ellas es que el pobre no tiene el mismo color de piel que el rico. Estamos hablando, por tanto, de colonialismo inscrito en las relaciones sociales que a menudo se desdobla en colonialismo en las relaciones entre regiones (sur versus norte), la forma más conocida de colonialismo interno (del norte de Italia con relación al sur; del sur de Brasil en relación con el norte).
En los términos de este colonialismo de la sociabilidad, las condiciones naturales de inferioridad pueden suscitar lo más noble que hay en los seres superiores, pero siempre bajo la condición de que los inferiores en ningún caso pretendan ser iguales que ellos. Esta subversión sería más impensable y destructiva que la subversión comunista. Claro que los seres inferiores pueden creer en el principio de igualdad que escuchan de la boca de los superiores (nunca de su corazón) y luchar por la igualdad. Les beneficia luchar solos porque ello los vuelve más civilizados, y es bueno para la sociedad porque obviamente nunca conseguirán sus objetivos y acabarán reconociendo el carácter natural de la desigualdad.
El hecho de que el poder político de la época Lula identificara esta línea abismal y tratara de superarla mediante políticas compensatorias y de antidiscriminación racial que ayudaran a los inferiores al abandono de su condición de inferioridad es un insulto a la nación biempensante y un desperdicio criminal de recursos. En este caso concreto, tuvo también otra consecuencia: el encarecimiento inoportuno del servicio doméstico que, tal y como está organizado en Brasil, es una herencia directa del mundo de Los maestros y los esclavos [1].
Vale la pena tener en cuenta que el ideario colonialista no es el monopolio de las clases dominantes y sus aliados. Habita en las mentes de quienes más sufren sus consecuencias. Y habita, sobre todo, en las mentes de aquellos que fueron ayudados a salir de su estatuto de inferioridad, pero que activa y rápidamente se olvidan de la ayuda para pensar tan bien como piensa la sociedad biempensante, la sociedad de este lado de la línea abismal en la que acaban de integrarse. Me refiero a los sectores de la llamada nueva clase media.
La mejor respuesta
Las razones anteriores no pretenden explicar las diferencias jugadas en la disputa electoral. Únicamente pretenden explicar su agresividad. Una vez ganadas las elecciones, el gobierno tiene que centrarse en las diferencias sin olvidarse de la agresividad. No es fácil definir la mejor respuesta, pero es fácil prever cuál será la peor. La peor respuesta será pensar que, como la victoria fue estrecha, el PT sólo consiguió retrasar cuatro años su paso a la oposición y que, siendo así, no vale la pena el esfuerzo de cambiar las políticas seguidas hasta ahora e incluso tal vez resulte conveniente rebajar el nivel de confrontación con la derecha. Esta será la peor respuesta porque, con ella, el PT no sólo podría retrasar cuatro años su pasaje a la oposición, sino que quizá podría tardar muchos más en salir de ella.
Veamos, pues, posibles líneas de respuesta que no retrasen derrotas, sino que consoliden la hegemonía de la sociedad más inclusiva y diversa y obligue a la derecha a cambiar los términos de la disputa electoral en los próximos años y en función de esa nueva sociedad.
Políticas sociales. La victoria se logró gracias a los pobres que por primera vez se sintieron apoyados para cruzar la línea abismal y gracias a la militancia aguerrida de quienes se solidarizaron con ellos después de haber visto la línea abismal y disgustarse con lo que vieron. La primera orientación consiste en no frustrar las expectativas de quienes lucharon por la victoria de la candidata Dilma Rousseff. Contrariamente a lo que pensaron algunos analistas del PT en estado de pánico, las manifestaciones de junio del año pasado no fueron un caldo de cultivo de la derecha. En el frente de lucha por Dilma, hubo algunos movimientos que protagonizaron las manifestaciones. Esto muestra que el descontento fue real, aunque a veces su intensidad haya sido manipulada. Y también muestra que el beneficio de la duda dado al Gobierno del PT por los manifestantes de ayer y hoy no volverá a repetirse. La expectativa es ahora más fuerte que nunca. Si no es satisfecha, particularmente en las áreas de la educación, la salud, la calidad de vida urbana, medio ambiente, economía campesina y demarcación de las tierras indígenas, la frustración será irreversible y corrosiva .
La reforma política. La reforma política es el objetivo más reclamado por las fuerzas progresistas y el más bloqueado por un Congreso que, gracias a la patología de la representación generada por el sistema actual, no es el espejo de la diversidad social, política y cultural del país. Casi ocho millones de brasileños exigieron un plebiscito popular para la convocatoria de una asamblea constituyente exclusiva. En situaciones tan distintas como las de Ecuador y Colombia, esta fue la solución encontrada para desbloquear un impasse institucional semejante al que amenaza Brasil. Es muy importante acabar con la financiación corporativa de los partidos o aplicar efectivamente el principio consagrado por la “ley de la ficha limpia” (no haber sido nunca incriminado por corrupción) para los cargos públicos. Pero no es suficiente. Todo el sistema de gobernabilidad tiene que cambiarse. ¿Cómo se puede explicar que dos de los partidos que apoyaron a la candidata Dilma Rousseff hayan sido los oponentes más feroces del candidato a gobernador, Tarso Genro, cuya propuesta de gobierno representa lo más genuino que hay en el horizonte del PT? Sin una profunda reforma política, no habrá reforma tributaria y, sin ésta, Brasil continuará siendo un país injusto a pesar de todas las políticas de inclusión.
La participación popular. Dado el bloqueo institucional que se avecina, los movimientos sociales probablemente tendrán que volver a la calle y ejercer presión política para que el gobierno de Dilma se sienta apoyado en las reformas que quiere acometer. Será este el test decisivo para la presidenta Dilma. Para ser llevado a cabo con éxito, son necesarios dos aprendizajes recíprocos, ambos cruciales. Los movimientos populares tienen que aprender a no dejarse manipular por los grandes media, interesados en radicalizar sus demandas siempre que se circunscriban al gobierno y no incluyan el sistema económico y financiero, este último uno de los más depredadores del mundo en las sociedades democráticas. Y tienen igualmente que aprender a detectar y denunciar a los agitadores profesionales infiltrados en su interior, una realidad con la que sin duda hay que contar dado el contexto internacional que he mencionado. A su vez, la presidenta Dilma tiene que aprender a hablar con quien no habla el lenguaje tecnocrático. Tiene que superar la impactante distancia mantenida con los movimientos sociales en su primer mandato. Tiene que saber lidiar con el hecho de que la participación popular oscilará entre dos formas, la participación institucional y la participación extrainstitucional (en calles y plazas), y debe tener la lucidez de saber que la segunda forma será más fuerte mientras más débil y partidarizada sea la primera.
Justicia y tierras indígenas y quilombolas. El sistema judicial tiene una misión democrática que cumplir en la que el gobierno no debe interferir. Pero el gobierno puede crear condiciones que faciliten o, por el contrario, obstaculicen esa misión. La Presidenta se ha ganado la credibilidad necesaria para asumir su parte de responsabilidad en la lucha contra la corrupción. Pero también tiene que asumir la defensa de la ley cuando favorece a sectores históricamente marginados y excluidos, como los pueblos indígenas, los afrodescendientes y campesinos en general. Mantener al actual ministro de Justicia es un acto de hostilidad frontal respecto a los pueblos indígenas cuyas tierras dependen de firmas que el ministro ha pospuesto ostensiblemente.
Una política de los media. La derecha nunca es agradecida con los gobiernos que no salen de su base socioeconómica, por más favores que le hagan. A diferencia de otros gobiernos progresistas del continente, el gobierno popular brasileño no quiso luchar por una nueva normativa que impidiese a los grandes medios ser el principal elector de la derecha. Si el gobierno espera que esta actitud benevolente fuese interpretada como una rama de olivo enviada a ellos para auspiciar una convivencia civilizada, estaba rotundamente equivocado, como bien mostró la campaña electoral. El caso de Río Grande do Sul es quizá uno de los más representativos de este estado de cosas que convierte a los medios de comunicación corporativos en los principales electores de la derecha. Hay, pues, que seguir adelante con tanta determinación como moderación en esta área. El apoyo a los medios comunitarios y alternativos será un buen comienzo.
Nota
[1] Casa-Grande e Senzala (1933) es una obra del antropólogo y escritor Gilberto Freyre que trata sobre la formación de la sociedad brasileña.
Boaventura de Sousa Santos. Doctor en Sociología del Derecho, universidades de Coimbra (Portugal) y de Winsconsin (EE.UU.)
Fuente: http://www.boaventuradesousasantos.pt/media/Boaventura%20Brasil%20A%20grande%20Divisao%204Nov2014docx1.pdf

Anticapitalismo, ecosocialismo y movimientos sociales: una entrevista con Michael Löwy





Revista “Puño y Letra” - Chile


El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, pero sí reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas para una crítica radical del productivismo y, notablemente, del productivismo capitalista”.
El franco-brasileño Michael Lowy es uno de más destacados intelectuales revolucionarios a nivel mundial. Este sociólogo y filósofo marxista es uno de los principales impulsores de la alternativa Ecososcialista. En esta entrevista exclusiva para la revista “Puño y Letra” de Chile dialoga sobre el marxismo en América Latina; sobre los movimientos sociales; el nuevo internacionalismo; sobre el MIR chileno y los desafío de las y los anticapitalistas.
Marco Álvarez (MA): Michael, en tu libro El marxismo en América Latina señalas tres periodos en la historia del marxismo en la región: un “periodo revolucionario”, desde los años 20 hasta mediados de los años 30, en el que sobresalen el aporte teórico de Mariátegui y la experiencia de insurrección en El Salvador, en 1932; un “periodo estalinista”, iniciado a mediados de los años 30 hasta 1959, marcado por la hegemonía soviética; y un tercero que denominas «nuevo periodo revolucionario», iniciado con el triunfo de la revolución cubana.
Continuando con esa clasificación, ¿cómo denominarías la etapa del marxismo en América Latina de los últimos 25 años y cuáles serían sus principales características?
Michael Löwy (ML): Buena pregunta…Es difícil saber si el periodo revolucionario abierto por la Revolución Cubana sigue hasta hoy, de alguna forma, o si se acabó, luego de 1990 (derrota de los Sandinistas, Acuerdos de Paz en El Salvador). Quizás el futuro nos dará la respuesta. Otra hipótesis es considerar cerrado el capítulo iniciado en 1959 y definir los últimos 25 años como «la batalla anti-neoliberal»: es un periodo en el cual se ensaya, en varios países del continente, salidas del inferno neoliberal. Una hipótesis más optimista sería hablar de un periodo de «socialismo del siglo 21», pero este es, hasta ahora, más bien un horizonte de esperanzas que una realidad social. Lo que caracteriza este periodo es: 1) la gran dispersión de la referencia marxista, que ya no es limitada a las corrientes «clásicas» de la izquierda; 2) la victoria electoral de la izquierda en la mayoría de los países, pero con una diferenciación muy clara entre los gobiernos social-liberales (Brasil, Uruguay, Chile) y los anti-imperialistas (Venezuela, Bolivia, Ecuador), con varias situaciones intermedias.
MA: En el prefacio a la reedición del libro La teoría de la revolución en el joven Marx, te refieres a las «numerosas lagunas, limitaciones e insuficiencias de Marx y la tradición marxista» y sugieres corregirlas «por medio de un comportamiento abierto, una disposición a aprender y a enriquecerse con las crítica y aportes de otros sectores».
En ese contexto, ¿cómo se expresaría este comportamiento abierto y cuáles son esos «otros sectores» claves para corregir la teoría marxista y sus aportes?
ML: En primer lugar, creo que nosotros, los marxistas, tenemos que estar dispuestos a aprender con los movimientos sociales: sean los más « clásicos », como el movimiento obrero y el campesino, o los más « heterodoxos » como el feminismo, el indigenismo, las redes de lucha en contra del racismo. Se trata, en estos últimos casos, de problemáticas -las formas no clasistas de opresión- poco desarrolladas en la tradición marxista. Vale la pena también «revisitar» las otras corrientes revolucionarias del socialismo -incluyendo las que Marx y Engels ya habían «refutado»- como los socialistas utópicos, los anarquistas y lo que yo llamaría «socialistas románticos»: William Morris, Georges Sorel, Charles Péguy. Tenemos también que estar abiertos a los aportes del pensamiento social no marxista, de Max Weber a Sigmund Freud, o de Karl Mannheim a Hannah Arendt, lo que no significa, por supuesto, aceptar todos sus planteamientos.
Pero pienso que la principal insuficiencia de la tradición marxista -aun si se encuentran algunos elementos importantes sobre esta temática en la obra de Marx y Engels- es la cuestión ecológica. Una reflexión marxista en el siglo XXI tiene que darle una importancia central a la amenaza que representa, para la humanidad, el proceso de destrucción capitalista acelerada del medioambiente y de los equilibrios ecológicos (cambio climático); esto implica una revisión de la visión tradicional del «desarrollo de las fuerzas productivas» y del mismo socialismo. El concepto de «ecosocialismo» busca traducir esta nueva visión ecológica y anti-productivista de la revolución socialista.
MA: En Chile, desde 2011, nos encontramos con un fuerte protagonismo de los movimientos sociales, como el estudiantil, los regionalistas, etc. ¿Qué valoración haces de estos movimientos sociales y cuál debe ser, a tu juicio, la relación entre estos y las organizaciones anticapitalistas?
El movimiento de la juventud estudiantil en Chile, y la lucha de los Mapuche, son algunos de los movimientos sociales más importantes de América Latina en los últimos años. Creo que los anticapitalistas deben apoyar sin reservas estas movilizaciones, tratando de impulsar su dimensión antisistémica y haciendo propuestas concretas que se enfrenten con la lógica del capitalismo neoliberal.
MA: Dos de los referentes históricos del marxismo que tú has estudiado a cabalidad son Walter Benjamín y Rosa Luxemburgo. ¿Cuáles serían, en la actualidad, los principales aportes al marxismo de estos dos referentes?
ML: Lo que tienen en común los dos es el énfasis en la lucha de clases como eje central del pensamiento y de la acción marxistas. Rosa Luxemburgo representa una de las formas más radicales de la filosofía de la praxis: es en la acción colectiva, en la lucha, que se desarrolla la consciencia de clase, y la autoorganización de los oprimidos. Por esto, la democracia, es decir, la participación efectiva de la clase explotada en las decisiones, es una condición fundamental del proceso de transformación revolucionaria de la sociedad.
Walter Benjamin se propuso entender la historia «a contrapelo» del punto de vista de los oprimidos. Desde esta perspectiva, rechaza la visión burguesa –compartida por buena parte de la izquierda- de la historia como «Progreso». Para él, la revolución no es la conclusión de una larga evolución «progresista», sino la interrupción de la cadena milenar de la dominación.
MA: Muy pronto publicaremos a través de la nueva editorial “Sylone” el libro Los Trotskismos, de Daniel Bensaïd. Tú militaste junto a este autor en las filas del trotskismo durante muchos años. ¿Cuál es, a tu parecer, el principal legado teórico de Bensaïd?
ML: Son muchos los aportes de Daniel Bensaïd, pero el más importante me parce es su planteo –inspirado por Pascal y por los trabajos del marxista heterodoxo de Lucien Goldmann- de la revolución como «apuesta melancólica». Apuesta, porque no hay ninguna certeza del triunfo del socialismo, de la emancipación de los oprimidos; el revolucionario solo puede apostar en un futuro posible, jugándose su vida y su acción en esta esperanza, corriendo el riesgo de la derrota. Y «melancólica» porque hasta ahora los grandes revolucionarios –Rosa Luxemburgo, León Trotsky, Che Guevara, Miguel Enríquez– fueron derrotados y asesinados.
MA: También has escrito bastante sobre el Che Guevara. ¿Dónde crees tú que se encuentra la vigencia de su pensamiento?
ML: Por una parte, en su planteo estratégico: «no hay otra revolución que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución». Por otra parte, en su tentativa, durante su estadía en Cuba, de proponer un camino hacia el socialismo alternativo al modelo soviético, con mayor democracia y un contenido ético comunista. Es un error reducir Guevara al «guerrillero heroico»: fue uno de los pensadores marxistas más importantes de América Latina. Su humanismo marxista tiene su máxima expresión en su internacionalismo, en la convicción de que un comunista tiene que sentir como una agresión personal un golpe que atinge a un luchador en cualquier país del mundo.
MA: Siempre has sido internacionalista. ¿Existe un nuevo internacionalismo? ¿De qué formas se expresa hoy este nuevo internacionalismo?
ML: Me parece que el nuevo internacionalismo, tal como se presenta en movimientos como Vía Campesina, o en iniciativas como el altermundialismo, o en los levantes de los «indignados», tiene un contenido anticapitalista y/o antisistémica. Ya no plantea, como en los años 60, la «solidaridad» con las luchas del Sur, sino una alianza entre movimientos del Norte y del Sur en contra de sus enemigos comunes: el neo-liberalismo, el FMI, la Banca Mundial, las multinacionales, el imperialismo. Los herederos de las mejores tradiciones del internacionalismo del pasado –los anarquistas, los marxistas de la IV Internacional, los guevaristas– participan en las movilizaciones del nuevo internacionalismo.
MA: Tú eres uno de los grandes impulsores de la alternativa Ecosocialista, el libro ¿Qué es el Ecosocialismo?, recopila varios artículos tuyos sobre la materia. Al respecto, ¿podrías explicar brevemente qué es el Ecosocialismo y cuáles son sus principales fundamentos teóricos?
ML: El ecosocialismo se reclama de la herencia marxista, de la crítica de la economía política capitalista por Marx y del programa socialista. Al mismo tiempo, se disocia de las vertientes productivistas del marxismo –que han predominado en el curso del siglo XX– y rompe con el modelo soviético (antidemocrático y antiecológico) de pretensa «construcción del socialismo».
Muchos ecologistas critican a Marx por considerarlo un productivista. Tal crítica nos parece equivocada: al hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es justamente Marx quien coloca la crítica más radical a la lógica productivista del capitalismo, la idea de que la producción de más y más mercancías es el objeto fundamental de la economía y de la sociedad.
El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, pero sí reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas para una crítica radical del productivismo y, notablemente, del productivismo capitalista. En el primer volumen del El Capital, Marx explica cómo el capitalismo agota no sólo las fuerzas del trabajador, sino también las propias fuerzas de la tierra, extinguiendo las riquezas naturales. Así, esa perspectiva, esa sensibilidad, está presente en los escritos de Marx, sin embargo, no ha sido suficientemente desarrollada.
Una reorganización del conjunto de modos de producción y de consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista: las necesidades reales de la población y la defensa del equilibrio ecológico. Esto significa una economía de transición al socialismo ecológico, en la cual la propia población –y no las «leyes de mercado» o un Buró Político autoritario– decidan, en un proceso de planificación democrática, las prioridades y las inversiones. Esta transición conduciría no sólo a un nuevo modo de producción y a una sociedad más igualitaria, más solidaria y más democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización ecosocialista más allá del reino del dinero y de la producción al infinito de mercancías inútiles.
MA: ¿Cuáles serían, en tu opinión, las principales tareas de las y los militantes ecosocialistas en los países de América Latina?
ML: Participar en todas las luchas y movilizaciones socioecológicas, de los indígenas y campesinos en contra de la furia destructora del agronegocio y de las multinacionales, de la juventud y la población de la periferia por el transporte público gratuito, etc. En el seno de estas luchas contribuirá la toma de consciencia anticapitalista y presentar, a la vez, propuestas concretas y una perspectiva alternativa radical, el ecosocialismo.
MA: Para finalizar, en nombre de Puño y Letra, la revista de reflexión de la Izquierda Anticapitalista Chilena, podrías referirte a la importancia que en la actualidad adquiere la unidad de las y los anticapitalistas.
ML: Me permito citar un hermoso artículo de José Carlos Mariátegui para el Primero de Mayo del 1924: «Una variedad de tendencias y grupos bien definidos y distintos no es un mal; al contrario, es una señal de un periodo avanzado en el proceso revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan cómo actuar en conciliación frente a la realidad concreta del día a día. (…) Que no empleen sus armas (…) para herirse el uno al otro, pero sí para combatir el orden social, sus instituciones y sus crímenes».
Es importante constituir, en un primer momento, un Frente Único de las y los anticapitalistas, en base a tareas concretas de la lucha social y ecológica; y, en un segundo momento, tratar de crear, por la convergencia de múltiples corrientes, una Federación Anticapitalista capaz de actuar con una perspectiva de transformación revolucionaria de la sociedad.